José Arce Gutiérrez
Sacerdote (1900-1996)
Nacimiento: Santander, 19 de marzo de 1900
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1919
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 7 de marzo de 1929
Defunción: Urnieta, 25 de septiembre de 1996
Con excepción de los períodos de sus directorados en el colegio San Fernando de Madrid (1957-1960) y en el Ciudad Laboral Don Bosco de Errenteria (1963-1965), el destino de toda su vida fueron las casas de formación. Los 26 años de padre maestro de novicios le dieron en propiedad el nombre de «El Padre».
Con su ejemplo, alegría y buen hacer logró, en todos aquellos años, mantener un buen espíritu y observancia religiosa, ilusión vocacional, alegría ambiental y trabajo sacrificado.
Las circunstancias en que desarrolló su misión no fueron nada fáciles: en 1936 los milicianos asaltaron la casa del noviciado de Mohernando, iniciando así una odisea cuyo final para algunos de ellos sería el martirio. Para los que sobrevivieron, tras períodos de cárcel y vida de refugiados, les quedó el trabajo de la reconstrucción material y moral de los ambientes en que antes habían trabajado.
Cuando era menester por las circunstancias, echaba una mano con alegría y entre bromas en todos los trabajos que hubiera que realizar. Así le encontraron a su ingreso a Mohernando los primeros novicios de la postguerra: barriendo la casa, limpiando paredes, quitando escombros; y los de hornadas posteriores, en todas las labores del campo con su perenne sonrisa en los labios, transparentando felicidad a través de su espíritu de sacrificio y contagiando a los demás como por ósmosis.
Debido a que la Guerra Civil había diezmado el clero, tomó a su cargo el cuidado pastoral de las parroquias de los pueblos vecinos. Ayudó cuanto pudo para librar de juicios, multas y cárcel a muchos sospechosos, intercediendo por ellos ante las máximas autoridades civiles y militares de la provincia. Por eso todos le querían. Comenzó a ir una vez al mes, invitado por las autoridades militares de la provincia, a confesar a los cadetes de la academia militar, que se sentían atraídos por su bondad y buenas maneras.
Para él la obediencia era algo natural. Así, al terminar los 17 años de su primera etapa como maestro de novicios, lo vemos como director del nada fácil colegio de San Fernando, en Madrid. Al terminar esta obediencia, fue enviado a Chile, como padre maestro. En 1963 vuelve de nuevo a España con otra encomienda también muy delicada: la dirección del colegio Ciudad Laboral Don Bosco de Errenteria.
Sencillo como siempre y disponible para lo que quisieran los superiores, se acudió de nuevo a él, con sus 65 años bien cumplidos, para un tercer período como maestro de novicios de la inspectoría San Francisco Javier con sede en Bilbao.
En la presentación de ofrendas de su funeral, se pretendió representar plásticamente su larga historia con:
– Una custodia: pues el Padre era un hombre de una profunda y prolongada adoración al sagrario, al que miraba fijamente sin cansarse, como quien ve al invisible. No podía dejar solo a Cristo en el sagrario, por eso, al menos dos veces al día, peregrinaba tambaleante y cojitranco de la iglesia a las capillas, día tras día, con buen o mal tiempo.
– Un rosario: en su bolsillo, apareció un rosario brillante, desgastado por el uso, compañero inseparable en sus largos ratos de oración y signo inequívoco de su acendrado amor y devoción a María.
– Las Constituciones: entre los escasos libros con que se quedó al final de su vida, estaban los Evangelios y las Reglas. Las que él vivió con gozo y enseñó a vivir a tantos salesianos.
– Un globo terráqueo: cuando sus años y achaques le apartaron de la actividad docente, no cesó en su afán evangelizador en casa y en su actividad al exterior.
– Un cuadro artístico de un payaso: en su afán de ganar a los muchachos, no dudó en atraérselos con sus juegos y ocurrencias. Era su táctica. Todos reían… pero su confesionario rebosaba de penitentes, porque, además, tenía el don de consejo.
Sobre su tumba, junto al nombre de pila, aparece el apelativo con el que siempre se le conoció y se le seguirá conociendo en todas partes, «El Padre», pues padre y maestro fue para todos con el magisterio de su entrega, su amor sacrificado, su sencillez, su fidelidad y su delicadeza.