Restituto Arnanz Sanz
Clérigo (1943-1970)
Nacimiento: El Olmillo (Segovia), 5 de octubre de 1943
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1964
Defunción: Madrid, 24 de mayo de 1970
Nació Restituto en el pequeño pueblo de El Olmillo, localidad perteneciente al municipio de Aldeonte, en la provincia de Segovia. Sus padres fueron Eduardo Arnanz y María Salomé Sanz.
Después de aprender las primeras letras en la escuela nacional de su pueblo, fue a parar a la Institución Sindical Virgen de la Paloma, regentada entonces por los salesianos. Le llamó mucho la atención la presencia de los salesianos y su manera de hacerlo todo bien, según sus palabras. Un día se decidió a acercarse a un clérigo y sin más, le preguntó qué tenía que hacer para ser como ellos. El clérigo lo encaminó al director, que lo atendió amablemente y le ayudó a vencer las pequeñas dificultades que podía tener. A los padres les agradó mucho el deseo de su hijo y a mediados de septiembre ingresó como aspirante en Zuazo de Cuartango, donde hizo los dos primeros años de aspirantado. Otros dos los hizo en Arévalo.
En 1963 marchó al noviciado de Mohernando. Ya en el noviciado fue considerado como muy piadoso, reflexivo, responsable, de fácil sumisión y entregado. Como de niño había sufrido una seria enfermedad, tuvo que ser examinado a fondo para constatar que no le había dejado secuelas y era apto para la vida religiosa. Los resultados de las exploraciones fueron favorables y pudo hacer tranquilamente su profesión religiosa el 16 de agosto de 1964. No obstante, como si algo presintiera, dejó escrito:
«Don Augusto y don Beltrami no son una deshonra para la Congregación por su prematura muerte, antes la honran con su santidad. Yo quiero santificarme en la Congregación sin ser carga y molestia». El tiempo había de demostrar que se cumplió a la perfección el deseo de este novicio aventajado.
Hizo los tres cursos de filosofía en Guadalajara de 1964 a 1967. Al terminarlos fue enviado a hacer el trienio al colegio de los Pizarrales, donde trabajó sin reservas. A las clases se le añadía la sobrecarga de la música del colegio y el trabajo en las «compañías» religiosas, que resultó para él un buen campo de apostolado como preparación para su futuro sacerdocio.
Todo marchaba correctamente y ya veía cerca el estudio de la teología, cuando en el mes de abril de 1970 le reapareció la enfermedad que había tenido de niño: la «neopolitiasis». Tuvo que ser llevado a Madrid e ingresado en la Clínica de la Concepción y allí comenzó el último y muy doloroso misterio de su vida. Varios compañeros suyos, muy sensatos y muy íntimos, tuvieron el buen acuerdo de recoger los pensamientos más notables de aquel proceso. En ellos se refleja lo acerbo de sus sufrimientos y la manera noble y espiritual con que los sobrellevaba. Nos encontramos ante una virtud sorprendente, rayana a la mística de la cruz: «Sufro mucho, muchísimo… Ya no puedo más…». Lo ofrece todo por la Iglesia, por los sacerdotes, por todos los salesianos, por los muchachos, en especial los de Pizarrales, por sus padres… De nadie se olvida y a todos dedica una consideración oportuna, lúcida, de una delicadeza exquisita. «A veces nos queda demasiado tiempo para pensar en idealismos infructuosos que no hacen más que acentuar ciertos problemas, sin resolver ninguno. Nuestra entrega es la mejor solución… Siempre he encontrado hermanos de los que he tenido mucho que aprender».
Murió el día 24 de mayo de 1970. El día mejor para morir un salesiano.