Domingo Astudillo Astudillo
Sacerdote (1874-1922)
Nacimiento: Cantalapiedra (Salamanca), 4 de agosto de 1874
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 8 de diciembre de 1904
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 13 de marzo de 1897
Defunción: La Coruña, 23 de abril de 1922
Don Domingo Astudillo fue uno de aquellos candidatos mayores, ya sacerdotes, que en los primeros años del siglo XX llamaron a las puertas de la Congregación Salesiana en España.
Había nacido en Cantalapiedra, pueblecito de rancia religiosidad, de la diócesis y provincia de Salamanca. Realizó sus estudios eclesiásticos en el seminario conciliar de la diócesis. Fue ordenado sacerdote el día 13 de marzo de 1897. Una vez sacerdote, fue adscrito al servicio de la catedral, como sacristán mayor de la misma.
Un año después de su ordenación sacerdotal, llegaron los salesianos a fundar en Salamanca (1898). No estaba lejos de la catedral el colegio de San Benito y le bastaron pocas visitas a las escuelas salesianas para quedar prendado de la bondad del sistema que usaban los salesianos con los niños, sintonizar con el espíritu de Don Bosco y pedir ser admitido en las filas de la naciente Congregación.
Marchó a hacer el noviciado a la casa de Carabanchel Alto, que se había abierto en 1904, el mismo año en que él comenzaba el período de preparación para la profesión religiosa en la Congregación Salesiana.
Ya salesiano, es destinado a Santander, donde comenzaba también la presencia salesiana, en la casa de la calle Viñas, y en el colegio de María Auxiliadora, un poco más arriba, en el Alta. Allí, en los dos colegios, entra de lleno en el conocimiento y la práctica de la pedagogía y pastoral salesianas. Permanece en Santander con los cargos de maestro, asistente y confesor hasta el año 1913. Trabaja también en otros colegios de la inspectoría céltica, entre ellos el del Arenal de Vigo, donde, además de atender a los colegiales, se dedica de lleno al ministerio sacerdotal en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, aneja al colegio.
Finalmente, es destinado a la casa de La Coruña, donde permanecerá hasta su muerte, desempeñando el cargo de confesor, un buen y celoso confesor.
Durante muchos años sufrió una molestia intestinal, que llevó con paciencia, sin darle demasiada importancia. Llegado el momento de conocer su suma gravedad, no se asustó ante el diagnóstico pesimista de los médicos; solo pensó en prepararse al gran paso y encuentro con Dios, que lo recibió en su seno el 23 de abril del año 1922, tras haber recibido todos los auxilios espirituales. Tenía 47 años de edad.