David Churio Baquedano
Sacerdote (1935-2000)
Nacimiento: Oricáin (Navarra), 29 de diciembre de 1935
Profesión religiosa: L’Arboç del Penedès, 16 de agosto de 1952
Ordenación sacerdotal: Martí-Codolar, 29 de abril de 1962
Defunción: La Puebla de Valverde (Teruel), 1 de febrero de 2000
El día 1 de febrero del año 2000, la carretera arrebataba la vida a don David Churio y privaba de su padre y pastor a la inspectoría de Valencia. «¡Ha muerto un ángel!», exclamó, al conocer la noticia de su muerte, quien fuera su inspector, don José Carbonell.
David había nacido el 29 de diciembre de 1935 en Oricáin, un pueblecito cercano a Pamplona. Al poco tiempo, sus padres se trasladaron a la capital navarra y allí conoció a los salesianos. Pronto descubrió la llamada de Dios («Yo quisiera ser sacerdote si me cabe la vocación», había comunicado por escrito ingenuamente a su asistente salesiano, don Silverio Equisoain).
Empieza el aspirantado en el Tibidabo y lo completa en Sant Vicenç dels Horts. En L’Arboç del Penedès hace el noviciado y su primera profesión religiosa el 16 de agosto de 1952. Vuelve de nuevo a Sant Vicenç para los estudios filosóficos y a continuación es enviado al aspirantado de Gerona para el trienio. En Martí-Codolar cursa teología y se ordena sacerdote el 29 de abril de 1962. Completa su formación en el PAS de Turín, donde se licencia en Teología Dogmática.
Comienza su actividad sacerdotal en el aspirantado de Sádaba. Sus siguientes destinos son la casa de Villena, el estudiantado filosófico de Godelleta, Villena de nuevo (director), la casa inspectorial de Valencia (delegado de P. J. y vicario inspectorial). Es nombrado después director del vecino colegio San Antonio de Valencia, de ahí pasa a Burriana como director de un grupito de aspirantes y vuelve a Valencia como director de postnovicios. Villena le recibe de nuevo como director y finalmente, en 1996, es nombrado inspector de la inspectoría San José de Valencia por un sexenio que David no pudo completar. Su amor a Dios y a los hombres le había madurado para el cielo y Don Bosco lo quiso para sí, al día siguiente de su fiesta.
Testigos y compañeros de sus años de formación lo recuerdan como piadoso, apostólico, servicial, obediente, y lo definen como una persona ponderada, de gusto refinado por las formas, dotado para el dibujo, la pintura y la dramatización. Y así siguió a lo largo de su vida salesiana, como un caso admirable de fidelidad a sí mismo, modelando su personalidad sin brusquedades, sin aparentes altibajos, reflejando siempre bondad y ecuanimidad, sensatez y coherencia. En su trato con las personas, en su porte externo, era más que correcto, exquisito: desde la bella caligrafía a la finura de sus juicios sobre las personas y la dulzura en el desempeño de los diversos asuntos. Una realidad exterior, fiel reflejo de sus actitudes interiores. «Un alma limpia y pulcra» (Mons. Miguel Asurmendi).
Como inspector, desempeñó su labor con serenidad y aparente facilidad. Siempre se preció de gobernar en equipo, apoyándose en el Consejo. Confesaba que los delicados problemas inherentes al cargo no le robaban la paz ni el sueño. Su trato fue siempre franco, abierto al diálogo y a la razonada comprensión, con el trasfondo de una bondad natural que facilitaba el encuentro. Respetuoso con todos, jamás se le oyó una queja o un lamento y menos aún una desconsideración hacia los hermanos. «Era un inspector querido», concluirá don Filiberto Rodríguez, al final de su visita extraordinaria a la inspectoría de Valencia.
¿Cómo pudo David ser y comportarse de esa manera? David era un hombre espiritual, un hombre de Dios, de piedad profunda, un convencido creyente al que le resultaba fácil vivir la espiritualidad de lo cotidiano, como buen hijo de Don Bosco. Confirmará su hermano Javier: «Los tíos y las tías, lo mismo que los primos que lo conocían bien, le tenían como un “santico”».
Era el 31 de enero, David tuvo que celebrar la fiesta de Don Bosco en la intimidad, aquejado de un fuerte resfriado. Al día siguiente se sintió mejor y se dispuso a retomar las visitas a las casas. Salió de mañana camino de La Almunia de Doña Godina (Zaragoza). No pudo llegar. En el término municipal de La Puebla de Valverde, a unos 20 kilómetros de la capital de Teruel, su coche derrapó y chocó frontalmente con un pesado camión que segó de un golpe su vida. El obispo de Teruel, que al poco tiempo pasó por allí, bajó del coche y le dio la absolución. Don Bosco, al día siguiente de su fiesta, abría de par en par las puertas del paraíso a uno de sus hijos más excelentes y fieles.
Su muerte levantó un clamor de amores en forma de innumerables manifestaciones de adhesión y afecto llegados de todo tipo de personas, obispos, provinciales, salesianos, antiguos alumnos, Familia Salesiana… Impresionante fue la acogida que se le tributó a su cadáver en la capilla ardiente instalada en la parroquia salesiana de San Antonio de Valencia. El funeral fue presidido por don Filiberto Rodríguez, superior regional salesiano para España, acompañado por varios inspectores y numerosos sacerdotes que rodearon de fe y cariño a sus hermanos y familiares venidos desde Pamplona y a toda la comunidad inspectorial. Al resultar insuficiente el aforo del templo, se adaptó el claustro adjunto en el que se pudo seguir la celebración a través de una pantalla de televisión. Fue el sentido adiós y el homenaje merecido al buen David, que había entregado su vida, hasta la última gota de su sangre, en acto de servicio, como había sido toda su vida, truncada a los 64 años. Sus restos mortales fueron trasladados al panteón salesiano de Benimaclet (Valencia).