José Pérez Rosales
Sacerdote (1925-2000)
Nacimiento: Firgas (Las Palmas), 17 de marzo de 1925
Profesión religiosa: San José del Valle, 16 de agosto de 1945
Ordenación sacerdotal: Madrid, 27 de junio de 1954
Defunción: Palma del Río (Córdoba), 13 de febrero de 2000
Nace en la pedanía de Cambalud del municipio grancanario de Firgas el 17 de marzo de 1925 en una familia numerosa y religiosa. Tres de sus hermanas profesarán como religiosas del Císter de Teror (Gran Canaria).
Estudia en el colegio de la Salle de Arucas, pero, gracias a las gestiones de su hermana, logra entrar en el colegio salesiano de Las Palmas. Y allí se fue preparando y fue enviado al aspirantado de Montilla en agosto de 1940, con 15 años.
En 1944 entra en el noviciado de San José del Valle, donde emite sus primeros votos el 16 de agosto de 1945. Su programa de vida lo conservará manuscrito hasta su muerte. Los estudios de filosofía los cursará en el estudiantado de Consolación en Utrera.
El tirocinio práctico lo realiza en Pozoblanco, un colegio pequeño y familiar. Marcha a causar sus estudios de teología en Carabanchel Alto y en Madrid es ordenado el 27 de junio de 1954, año mariano.
Comienza entonces un periplo por las casas, casi siempre como catequista y jefe de estudios: Santa Cruz de Tenerife dos veces, Las Palmas de Gran Canaria cuatro veces, Teror, La Orotava, Guía dos veces, Antequera dos veces, un año en el que realizó estudios en Barcelona, Pozoblanco y por fin, Palma del Río dos veces. En este pueblo vivió sus últimos años y cuidó del huerto de la comunidad y un curioso criadero de caracoles. Cuando menos se lo esperaba, un infarto fulminante acabó con su vida el 13 de febrero de 2000.
Fue una persona llena de humanidad, buen hermano y leal compañero, todo bondad, de conversación amena, fácil y sencilla. Buen profesor, amante de los animales y las plantas, disfrutaba del agua y del campo. La magua canaria se le asomaba más de una vez a su corazón isleño. Hasta la helicicultura llegó a sus prácticas camperas. Fue un sacerdote volcado en su apostolado con las religiosas y con los niños sobre los que derramó mucho cariño, especialmente en Palma del Río.