Conde Conde, Daniel

Daniel Conde Conde

Sacerdote (1883-1949)

Nacimiento: Portela de Airavella (Orense), 9 de abril de 1883
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 14 de septiembre de 1903
Ordenación sacerdotal: Foglizzo-Turín, 28 de agosto de 1910
Defunción: Alicante, 2 de enero de 1949

Nació el 9 de abril de 1883, en Portela de Airavella (Orense); sus padres, Francisco y Ángela, entregaron tres de sus hijos a la Congregación Salesiana, Luis, Daniel y Pío. El 6 de mayo de 1899 entró como aspirante en Sarrià. Después inició el noviciado en Sant Vicenç dels Horts (1902), donde profesó el 14 de septiembre de 1903.

Trabajó en Santander y Carabanchel (1903-1906), a la vez que realizaba los estudios de filosofía. Luego estudió teología en Foglizzo (1906-1910), y fue ordenado sacerdote el 28 de agosto de 1910.

Vuelto a España, fue destinado a Barakaldo (1910-1914), Ciutadella (1914-1916) y Mataró (1916-1927) como confesor. Fue director del colegio de Valencia (1927-1934) y de Barcelona-Rocafort (1934-1936), donde le sorprendió la Guerra Civil española. Marchó a Italia y desde Varazze (1936-1937), ayudó a los españoles refugiados.

Cuando pudo, pasó a la comunidad de Pamplona (1937-1938); luego fue director y párroco de Vigo-Arenal (1938-1943), Sant Vicenç dels Horts (1943-1946) y Alicante (1946-1949), que se iba levantando lentamente de la devastación sufrida en los años de la Segunda República. Allí murió de bronconeumonía, el 2 de enero de 1949, a los 65 años.

Su vida fue la del siervo bueno y fiel, iluminada por un amor sin límites a la Congregación y a María Auxiliadora. Fue delicadísimo en la piedad y un sacerdote muy celoso. Trabajador incansable, supo desempeñar sus deberes de párroco, capellán castrense, profesor y ecónomo, poniendo en marcha mil iniciativas, sobre todo para vocaciones. De una austeridad, humildad y sencillez ejemplares, abierto a los tiempos nuevos, se distinguió sobre todo por la fidelidad religiosa, celo apostólico y generosidad en el perdón.

Estando en Valencia, destacó su interés por los estudiantes de Magisterio y por los antiguos alumnos; fueron grandes sus esfuerzos para la construcción en el barrio de 1.000 casas para antiguos alumnos.

Aunque empezaban a pesarle los años, aceptó con gusto el destino de director de Alicante. A pesar de unos dolorosos ataques de uremia, siguió sin descanso recogiendo limosnas para la reconstrucción de la iglesia de María Auxiliadora, hasta que le llegó la hora de descansar y recibir el premio merecido a tantos desvelos por la causa de Dios y de Don Bosco.