Echeverría Deva, Juan Francisco

Juan Francisco Echeverría Deva

Coadjutor (1889-1965)

Nacimiento: Ezqueta-Azpeitia (Guipúzcoa), 2 de abril de 1889
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 10 de octubre de 1909
Defunción: Guadalajara, 25 de julio de 1965

Juan Francisco Echevarría, el señor Patxi, nació en el caserío de Ezqueta, término municipal de Azpeitia (Guipúzcoa).

A los 15 años llega a Carabanchel Alto con todo el pelo del caserío y sin la más mínima noción de castellano. Era director de la casa Don Pedro Olivazzo. Es de imaginar el esfuerzo de adaptación que tuvo que hacer el jovencito en el ambiente del aspirantado. Superadas estas dificultades, hizo la primera profesión el 10 de octubre de 1909.

Bien hubiera podido cursar estudios superiores, porque demostraba tener ingenio, memoria y juicio equilibrado, pero se quedó en el oficio de cocinero a perpetuidad, un cocinero autodidacta y acreditado. Como tal pasó por las casas de Barakaldo, Atocha, Carabanchel Alto, Vigo, Astudillo y el Paseo de Extremadura de Madrid.

En el colegio de Madrid-Estrecho le sorprendió el estallido de la Guerra Civil y le tocó vivir el calumnioso episodio de los caramelos envenenados. Al señor Patxi, hombre inofensivo, el populacho lo increpó de forma grosera y estuvo a punto de ser linchado.

Terminada la guerra, es destinado a Mohernando como cocinero en tiempos de carestía. Allí se las tuvo que ingeniar para dar de comer a aspirantes, novicios y estudiantes de filosofía. Estando en Arévalo, debió someterse a una operación de próstata. Para reponerse, los superiores lo mandaron a Madrid-San Fernando como despensero. Se recobró tras una breve estancia en Lóngora (La Coruña) y fue destinado al filosofado de Guadalajara, donde permaneció durante 12 años.

Era tratado con cariño, como el abuelito de la casa. Buen religioso, obediente, respetuoso y escrupuloso en materia de pobreza que, por su oficio, se creía especialmente llamado a practicar.

Sencillo y con una pizquita de picardía, el señor Patxi tenía en todas las situaciones su apreciación original, ocurrente y siempre graciosa. De él se decía que valía lo que pesaba, ¡con pesar tanto!

Un domingo del verano de 1962 le dio una trombosis cerebral. Se le administró la extremaunción y, aunque siguió viviendo, la lucidez ya no la recobró. Para que pudiera ser mejor atendido, se le trasladó a la residencia de las Hermanitas de los Pobres, que lo cuidaron con cariño hasta su muerte, ocurrida en Guadalajara el 25 de julio de 1965, a los 76 años de edad.