Ángel Padrosa Parisi
Coadjutor (1889-1965)
Nacimiento: Mirabet (Tarragona), 25 de septiembre de 1889
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 29 de julio de 1913
Defunción: Valencia, 11 de agosto de 1965
Nació el 25 de septiembre de 1889 en Mirabet (Tarragona). Conoció a los salesianos en Barcelona cuando era un joven obrero y, venciendo dudas y ansiedades, ingresó en Sarrià el 17 de junio de 1904 para hacer el aspirantado. Marchó después al noviciado de Carabanchel Alto el 28 de julio de 1912, donde profesó como coadjutor el 29 de julio de 1913.
Ya salesiano, trabajó en varias de nuestras obras: Santander, La Coruña, catacumbas de San Calixto, Pamplona y Valencia, cumpliendo su labor en todas ellas con sencilla obediencia y espontánea disponibilidad. En Valencia fue adscrito a los servicios de don Marcelino Olaechea.
Todas las casas por donde pasó pudieron comprobar su sencillez, conocieron la ternura de su corazón y admiraron su gran amor a Don Bosco, a María Auxiliadora y a la Congregación. En palabras de monseñor Olaechea: «El señor Pedrosa era una muestra viva y entusiasta del salesiano coadjutor, la inspiración más original y providencial de Don Bosco».
Don Ángel Padrosa, haciendo honor a su nombre, fue siempre un ángel, especialmente ángel custodio de don Marcelino Olaechea, que había sido su asistente de novicios en Carabanchel, su consejero escolástico en Santander, su director en La Coruña y también su inspector. A él le asignaron en el Tibidabo ser también su enfermero durante el año de reposo que a don Marcelino le impusieron los médicos.
«Vivió junto a mí la mayor parte de su vida salesiana, escribe don Marcelino, y fue un verdadero “ángel” visible para mi vida y salud, rodeándome de atenciones y cuidados más que fraternos, diría que filiales… Él vivirá en mi corazón, en mis oraciones; no dejaré de encomendarme, confiado, a su gloriosa intercesión».
Se diría que habían nacido el uno para el otro. Juntos precisamente están los dos en la última fotografía tomada en la terraza del palacio arzobispal, que él había convertido con solícitos cuidados en jardín colgante y palomar.
«Solo la muerte —escribe don Basilio— podía separar a dos seres que tanto se querían. Una miocarditis fulminante, rebelde a las curas de excelentes médicos, abrió las puertas del cielo a su hermosa alma, después de seis horas de cama nada más, cumpliéndose en él aquel proverbio de santa muerte y poca cama».
Murió en Valencia el 11 de agosto de 1965, a los 75 años de edad.