Escursell Marsà, Pedro

Pedro Escursell Marsà

Sacerdote (1897-1982)

Nacimiento: Sarrià, 12 de enero de 1897
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 27 de julio de 1921
Ordenación sacerdotal: Turín, 8 de julio de 1928
Defunción: Barcelona-Rocafort, 27 de febrero de 1982

Nació el 12 de enero de 1897, en Sarrià (Barcelona), de familia acomodada, clásica estirpe cristiana y muy salesiana. Estudió el bachillerato como alumno interno en el colegio de Mataró y la carrera de Derecho en la Universidad de Barcelona. Pero, tras dos años de ejercicio activo de su profesión, dejó un brillante futuro en el mundo de las leyes para hacerse salesiano.

Inició el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó el 27 de julio de 1921. Realizó el tirocinio práctico en Mataró (1922-1925), a la vez que estudiaba filosofía y letras y se licenciaba en Historia. Estudió teología en Turín-La Crocetta (1925-1928) y allí mismo fue ordenado sacerdote el 8 de julio de 1928.

El 28 diciembre de 1928 don Pedro Ricaldone lo envía a las misiones salesianas de Japón, donde vivió 10 años de intenso apostolado en Miyazaki, en Oita y Beppu. En 1936 es nombrado director y párroco de la obra salesiana en Tokio, dejando prueba de su gran celo apostólico, amabilidad y gran capacidad de trabajo. En 1939 el gobierno japonés de Hiro Hito lo envía a España como si de un embajador se tratara. Y aquí se dedicó a dar innumerables charlas y conferencias misioneras por doquier.

A partir de 1940 se encuentra en la casa de Zaragoza, entonces en sus orígenes. Con enormes dificultades, con igual ilusión y con ingeniosa creatividad fue levantando lo que con los años sería la imponente obra salesiana en Zaragoza. Otras casas por las que pasó fueron Rocafort, Mataró, Tibidabo, Badalona y, finalmente, regresó a Rocafort de 1960 a 1982, donde murió el 27 de febrero de 1982 a los 85 años.

Llevó el nombre salesiano por toda España con sus conferencias y propaganda, y supo granjearse la benevolencia de numerosísimos bienhechores para las obras salesianas. Delicado y respetuoso con todos, y especialmente con cuantos ejercían la autoridad, procuraba evitar toda palabra o expresión que pudiera molestar.

Hombre de grandísima cultura, dominaba media docena de idiomas. Siempre llevaba mil asuntos entre manos. Tenía el carisma de saber encajar con dignidad las contrariedades de la vida; supo sobrellevar sin un lamento los achaques de la vejez. Vivió hasta el final una entrega total a Jesucristo, con el auxilio constante de María.