Santiago Sánchez Regalado
Sacerdote (1923-1982)
Nacimiento: Cerezal de Peñahorcada (Salamanca), 19 de abril de 1923
Profesión religiosa: San José del Valle, 8 de septiembre de 1939
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 24 de junio de 1951
Defunción: Sevilla, 6 de marzo de 1982
Santiago nace en el pueblo salmantino de Cerezal de Peñahorcada en el seno de una familia cristiana. Con 11 años se ingresa en el aspirantado de Montilla. En agosto de 1938, en San José del Valle inicia el noviciado, que culmina con la emisión de su profesión religiosa (8 de septiembre de 1939), y a continuación estudia lo tres años de filosofía. El trienio de prácticas pedagógicas lo realiza en Las Palmas de Gran Canaria, Montilla y Santa Cruz de Tenerife. En el estudiantado teológico de Carabanchel Alto inicia los estudios de teología, que ha de interrumpir aquejado por una enfermedad pulmonar, que le dejaría secuela de por vida. Tras un año de reposo en la Casa Don Bosco de Ronda, concluye sus estudios teológicos, recibiendo el sacerdocio en Madrid el 24 de junio de 1951.
Durante ocho años su ministerio salesiano-sacerdotal es el de catequista o consejero en las casas de Ronda (Sagrado Corazón), Utrera y la Universidad Laboral de Sevilla, con el paréntesis del curso académico 1957-1958, pasado en Turín-PAS, a fin de obtener la licenciatura en Filosofía, convalidada después en España.
Le sigue una prolongada y fecunda estancia en los salesianos de Triana de Sevilla, dos años como catequista, otros dos como consejero y cuatro como director.
En 1967, es nombrado vicario inspectorial y delegado nacional de estudios. Seguidamente, en los cuatro años siguientes (1972-1976), como rector de la Universidad Laboral de Sevilla, trabajará con entusiasmo y pasará de nuevo por la prueba de la enfermedad (descompensación de potasio), que le exigirá un control médico hasta su muerte.
Y finalmente es elegido inspector. Su nombramiento lleva la fecha del 5 de marzo de 1976, y a los seis años exactos fallece (6 de marzo de 1982).
Hombre de gran dinamismo y de clara visión eclesial, reconocido unánimemente como hombre entusiasta, respiraba vitalidad e imaginación a la hora de hacer presente la misión salesiana. Defensor de la escuela como ambiente de evangelización, que don Santiago proclamó sin descanso hasta en su última circular: «Hablamos mucho de educación y de metodología, y puede suceder que a base de iluminar el camino, olvidemos el fin. La realidad que debe espolearnos cada día es nuestro acercamiento a Cristo Salvador y nuestros brazos tendidos a los jóvenes por su identidad cristiana».
Actuó con una clara visión eclesial. Así, promueve y es el primer presidente de la Unión Regional de Provinciales Andaluces (URPA); alienta la colaboración interdiocesana con el Centro de Estudios Teológicos (CET) y Catequéticos (CEC), y en las escuelas universitarias de la Iglesia para formación del profesorado de EGB; a ruegos del arzobispo de Sevilla, cardenal Bueno Monreal, acepta la parroquia de Jesús Obrero en la barriada de la periferia sevillana de las Tres Mil Viviendas.
Su vida pudo definirse como un testimonio ejemplar de pertenencia plena y entrañable a la Congregación, convencido también de que la comunidad inspectorial debe ser cada vez más el núcleo animador de la Familia Salesiana, y pide para sí, ya inspector, ser delegado inspectorial de los cooperadores, al descubrir en los seglares un potencial de trabajo apostólico extraordinario.
Hombre de gran corazón, se mostraba fácil al diálogo, a la amistad, a la colaboración fraterna, siempre atento a las necesidades de unos y de otros, particularmente de los hermanos enfermos y ancianos. Emergen en su espiritualidad salesiana el amor a la eucaristía, la devoción a María Auxiliadora, la fidelidad a Don Bosco. Instituye en el CEC el Aula de Salesianidad.
Fue don Santiago un trabajador incansable. Todos lo vieron en su servicio de inspector, solícito y preocupado, de acá para allá, no midiendo ni tiempo ni vida. El diagnóstico médico dictaminó que, a pesar de sus años aún jóvenes, se trataba de un cuerpo muy sufrido, muy gastado.
El sentido de pertenencia a la Congregación lo manifestará su subconsciente en la enfermedad, cuando en el delirio exclamaba: «Amo a la Congregación… Quiero a la Congregación… Señor, toda mi vida para la Congregación».
La leucemia, que hacía años minaba su robusta salud, lo vence en la madrugada del 6 de marzo de 1982, día en el que la carta de obediencia, firmada por el Rector Mayor, marcaba el fin del sexenio de servicio al frente de la inspectoría de Sevilla. Tenía 58 años.