Fernández Olite, Luis

Luis Fernández Olite

Clérigo (1944-1969)

Nacimiento: Falces (Navarra), 19 de abril de 1944
Profesión religiosa: Godelleta, 16 de agosto de 1963
Defunción: Balaguer (Lérida), 3 de enero de 1969

Luis nació en el pueblo de Falces (Navarra) el 19 de abril de 1944. Como tantos niños y jóvenes navarros de aquellos años, acudió al cursillo vocacional de Pamplona de la mano del salesiano don Cándido Villagrá, encargado de la campaña vocacional que llevaba a cabo con tanto éxito y simpatía por los pueblos de Navarra y alrededores.

Hizo el aspirantado en Huesca-Calle Heredia y El Campello; el noviciado en Godelleta, donde profesó el 16 de agosto de 1963 y donde cursó después los tres años de filosofía. En 1966 fue destinado a la casa de Zaragoza para el trienio práctico.

Estaba ya en su tercer año cuando le sorprendió la muerte en la carretera, una muerte trágica en las montañas pirenaicas de Balaguer, provincia de Lérida. La comunidad salesiana de Zaragoza celebraba su excursión anual de Navidad. Volvían de Viella (Lérida). Ya era de noche. La furgoneta volcó en una revuelta, junto a un barranco. Luis, atrapado entre la portezuela y el coche, rodó hasta quedar totalmente destrozado. Con él murió también el confesor de la comunidad, don Mariano Mallada. La muerte se llevó de un golpe al mayor y al más joven de la comunidad.

Sus restos mortales fueron transportados a Falces, su pueblo natal. Sus padres dieron una gran lección de serenidad y cristianismo. Agradecidos a las atenciones prestadas en tan trágico momento, no cesaban de repetir: «Lo dimos al Señor: Él se lo ha llevado. ¡Bendito sea!». Durante muchos años siguió la comunidad de Zaragoza acercándose a Falces para saludar a sus padres y llevar una corona de flores a la tumba de Luis, el día de Todos los Santos.

Era Luis un joven de 24 años, alto de estatura, flaco de carnes y espigado. Ágil y deportivo. Poseía gran personalidad llena de la sencillez y dulzura de su madre, y del amor al trabajo callado de su padre.

Sus compañeros en los años de formación lo recuerdan por su buen carácter, sonriente, amable, abierto, sencillo y buen compañero de todos. Ese mismo talante fue el que demostró en sus años de docencia en el colegio de Zaragoza, en el que los alumnos le querían y apreciaban su buena labor.

Era, en efecto, el salesiano bueno, sin problemas con nadie a la vista. Y sin defectos a los ojos de la comunidad, que estimaba en mucho su sencillez y su trabajo.

Luis era una promesa salesiana en la que se vislumbraba el salesiano cabal y maduro del mañana, y que Dios se lo llevó un día de invierno, junto al veterano padre Mallada, como dice el romance de Gabriel Larreta inspirado en la tragedia:

Fue a las puertas de la noche, delante la luna clara,

puestos los brazos en cruz y con la cara rajada.

¡Ay, de la rama cumplida de frutos llenos cansada!

¡Ay, por la rama más fina temblorosa de esperanza!