Gómez Guinea, Jacinto

Jacinto Gómez Guinea

Sacerdote (1891-1968)

Nacimiento: Abáigar (Navarra), 11 de septiembre de 1891
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1915
Ordenación sacerdotal: Segorbe (Castellón), 22 de septiembre de 1923
Defunción: El Campello, 6 de diciembre de 1968

Nació en Abáigar, pueblecito de Navarra, el 11 de septiembre de 1891 en una familia singularmente piadosa y trabajadora. Era el menor de los hijos de Luis y Tomasa, sus padres. Huérfano de padre y madre, a los 18 años dejó los verdes prados de sus montañas navarras y llamó a las puertas de la Congregación en Madrid-Carabanchel Alto. Tres años más tarde pasó, como aspirante, a El Campello. En 1914 volvió a Carabanchel Alto para iniciar el noviciado y profesar como salesiano el día 25 de julio de 1915. A continuación realizó los estudios de filosofía y en 1917 comenzó el trienio práctico, que realizó en Valencia-San Antonio y Huesca.

Al terminarlo volvió a la casa de El Campello, que será ya su casa para el resto de su vida, exceptuando el paréntesis de la Guerra Civil. Allí cursó los estudios de teología, al mismo tiempo que se responsabilizaba de las escuelas que los salesianos sostenían para los niños del pueblo. El 22 de septiembre de 1923 fue ordenado sacerdote en Segorbe (Castellón) por monseñor Amigó, gran amigo de los salesianos, y en El Campello cantó su primera misa el día 24, fiesta de la Virgen de la Merced.

Nada más ser ordenado sacerdote, se quedó como confesor de los seminaristas, director del oratorio festivo y encargado de las escuelas, a las que se entregó con plena dedicación hasta su destrucción en mayo de 1931, cuando la casa de El Campello fue saqueada e incendiada. Los aspirantes tuvieron que marchar a sus casas y don Jacinto, el último en salir, a pie, fue a esconderse en el pueblo vecino de Aguas de Bussot (Alicante), desde donde pudo contemplar, con llanto en los ojos y roto el corazón, el fuego que devastaba su querida casa. El impacto de la quema, la guerra y los sufrimientos de aquellos años le destrozaron moral y físicamente, y fueron una de las causas de su larga enfermedad.

En 1939 volvió a El Campello para dedicarse a visitar a familias y, primordialmente, al ministerio de la confesión. Una artritis deformante que fue apoderándose de sus piernas, manos y finalmente todo el cuerpo, fue minando poco a poco su salud. Caminaba con dificultad y finalmente se quedó inmóvil en los últimos tres años. En su forzado retiro era una estatua viva de dolor sonriente. Rezaba muchos rosarios, leía y hablaba poco; casi lo justo para dar las gracias a cuantos le visitaban. Falleció el 6 de diciembre de 1968, a la edad de 77 años.

Don Jacinto dejó ligado su nombre a la casa de El Campello: era el amo del pueblo, toda una institución. Fue el salesiano más recordado como religioso fiel y cumplidor, abnegado en el servicio de quien lo necesitara, amable y generoso.

Rezaba cada día varios rosarios y tenía siempre en sus labios el nombre de María Auxiliadora, que le premió llamándole en la víspera de la fiesta de la Inmaculada, para celebrarla con ella en el cielo. Murió plácidamente después de haber recibido el viático y la unción de los enfermos administrada por el señor inspector, que se encontraba de visita en la casa.

En medio de una lluvia torrencial, el funeral fue presidido por el padre inspector, acompañado de muchos sacerdotes y numerosos amigos que, preocupados por la larga sequía que castigaba sus resecos campos, comentaban: «Es la primera gracia que don Jacinto nos ha enviado desde el cielo». Y muchos atestiguaban: «Todo lo que soy se lo debo a don Jacinto».