Franco Arregui, Juan

Juan Franco Arregui

Sacerdote (1927-2015)

Nacimiento: Adahuesca (Huesca), 21 de enero de 1927
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 16 de agosto de 1944
Ordenación sacerdotal: Barcelona-Tibidabo, 28 de junio de 1953
Defunción: El Campello, 16 de marzo de 2015

«Soy de un pueblecito —escribe— de la provincia de Huesca: Adahuesca… A los 9 años le dije a mi madre: ¡Quiero ser sacerdote!… Y ella se alegró mucho».

En efecto, nació en el pueblo oscense de Adahuesca el 21 de enero de 1927. Hizo el aspirantado y el noviciado en Sant Vicenç dels Horts y allí profesó como salesiano el 16 de agosto de 1944. Cursó los estudios filosóficos en Gerona, realizó el trienio práctico en Burriana y los estudios de teología en Martí-Codolar, finalizados los cuales, recibió la ordenación presbiteral en el Tibidabo el 28 de junio de 1953.

Su labor sacerdotal se desarrolló en Valencia-San Juan Bosco, Ciutadella de Menorca, Zaragoza, Alcoy y, de nuevo, Zaragoza (1963-2013). Su último destino, ya enfermo, fue la casa de salud de El Campello (Alicante), desde 2013.

Juan fue un hombre bueno, sencillo, cortado al estilo de Don Bosco, devoto de María Auxiliadora. Son memorables sobre todo sus cincuenta años en Zaragoza, atendiendo a mil incumbencias, especialmente las que se relacionaban con la enseñanza de las matemáticas y la dedicación al deporte (patinaje, piscina, fútbol colegial, atención al equipo Boscos), que le proporcionó una envidiable relación con muchos alumnos y antiguos alumnos, jóvenes y mayores.

«Su despacho fue el patio. Si cada minuto que don Juan dedicó al patio se pudiera traducir en un metro, don Juan habría dado varias vueltas a la tierra… Solo lo recuerdo en el despacho para coser algún balón o para ordenar los álbumes de fotografías. Tenía el despacho siempre abierto», recuerda un antiguo alumno suyo.

Siempre transmitía alegría, fue una persona positiva, chistosa… Sabía sacar siempre el chascarrillo oportuno en las conversaciones con mayores y pequeños. Se distinguió por su humor sagaz, fino y blanco. Amante de la comunidad, cumplidor, buen sacerdote, amigo de los jóvenes. Al calor de su trato cercano y familiar, surgieron vocaciones de jóvenes para la Congregación Salesiana. Decía la madre de uno de ellos: «¡Todo se lo debéis a don Juan!».

Quería mucho a su familia y al pueblo que le vio nacer. «Gracias, tío Juan» —manifestaba una sobrina en la misa exequial— «por habernos querido tanto; por estar siempre a nuestro lado compartiendo los mejores y más felices momentos de nuestra vida, y los más dolorosos. Gracias por esa sonrisa siempre eterna…». Sus restos descansan en el panteón familiar de Adhuesca (Huesca).

Sus antiguos alumnos y colaboradores se despedían de él recordando su constancia, tenacidad, trabajo, humor sagaz (firmaba «frankote»), su modo de ser extrovertido, tímido, familiar…, sus frases agudas, como: «si haces un favor nunca lo recuerdes y si lo recibes nunca lo olvides». Fue, en fin, una gran persona y un mejor salesiano.