Adolfo González Miguel
Sacerdote (1922-2000)
Nacimiento: Serradilla del Arroyo (Salamanca), 8 de junio de 1922
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1941
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 29 de junio de 1950
Defunción: Arévalo, 18 de junio de 2000
Nació en Serradilla del Arroyo (Salamanca) el 8 de junio de 1922. Fue el hijo mayor de una familia compuesta por sus padres, Raimundo y Visitación, y cuatro hijos. Era de una familia distinguida en el pueblo. El padre, buen cristiano, pero muy dedicado a los negocios, ocupó el cargo de alcalde en el pueblo; la madre era alegre, amante del baile y el teatro y más de iglesia. Toda la ilusión del padre era que su hijo tuviera una carreta universitaria y destacara en ella. Los estudios de primaria los realizó en el pueblo, parte en la escuela y parte con una maestra, doña Piedad, que daba clase a un grupito de chicos selectos de buenas familias. Comenzó el bachillerato en el instituto de Ciudad Rodrigo, pero pronto pasó como interno al colegio salesiano de María Auxiliadora, que gozaba de gran prestigio en toda la provincia. Allí decidió hacerse salesiano, en contra del parecer de su padre, que tenía otros planes más vistosos para él. Su madre, en cambio, lo apoyó siempre.
Comenzó el aspirantado en Astudillo en 1938 y de ahí pasó a Mohernando, donde profesó el 16 de agosto de 1941. Realizados los estudios de filosofía, fue destinado de clérigo a María Auxiliadora de Salamanca. La relación poco amistosa de su padre hacia los salesianos se agravó cuando, a pesar de estar tan cerca del pueblo, no le permitieron asistir a la boda de su hermana. Su padre montó en cólera y quiso ir a buscarlo a Salamanca y llevárselo a la fuerza. Cuando meses más tarde fue de vacaciones al pueblo, su padre lo encontró tan delgado que le dijo: «Si los frailes no tienen para darte de comer, diles que en casa de tu padre hay comida de sobra». A Adolfo le dolía esta actitud de su padre, pero se mantuvo firme en su vocación, siempre apoyado por su madre y el resto de la familia.
Cursó los estudios de teología en Madrid-Carabanchel Alto y, fue ordenado sacerdote el 29 de junio de 1950. La primera misa celebrada con gran solemnidad en el pueblo significó el comienzo de la reconciliación de su padre con el hijo y con los salesianos. Desde entonces no solo los aceptó, sino que los recibía contento en su casa, donde los obsequiaba siempre con una buena comida.
Recién ordenado, estudió en la Universidad de Salamanca y obtuvo la licenciatura en Filosofía y Letras, sección Románicas. En el colegio de María Auxiliadora fue catequista, consejero, director y también el primer párroco de la iglesia, hasta 1965. Durante los 20 años siguientes, con pequeñas interrupciones, fue director sucesivamente en las casas de Béjar, María Auxiliadora de Salamanca, filosofado de Guadalajara, teologado de Salamanca, Madrid-Estrecho y Madrid-Atocha.
Se distinguió siempre por su buen trato con los salesianos y los alumnos y por el cuidado de los antiguos alumnos. Durante todos estos años soportó con ejemplar paciencia la molesta enfermedad de la soriasis, sin quejas y tan serenamente que solo los que lo sabían se daban cuenta de ello.
Después de una vida de intensa actividad en cargos de responsabilidad, volvió a su colegio de María Auxiliadora, como profesor y animador de los grupos de la Familia Salesiana.
En 1997 cayó gravísimamente enfermo por hiperglucemia. Tuvo que ser ingresado y estuvo durante mucho tiempo en la UCI. Soportó con admirable espíritu la penosa enfermedad. Pudo recuperarse, pero su salud se había deteriorado irremisiblemente.
Poco a poco fueron apareciendo heridas en diversas partes del cuerpo, que se agrandaron hasta producirle una gangrena, que obligó a los médicos a amputarle primero una y después las dos piernas. No se quejó, pero fue el golpe más duro de su vida, ya que no solo se veía impedido de continuar la vida normal, sino que tenía que ser asistido en todo momento. Siguió algún tiempo en el colegio de Salamanca, bien atendido por unas enfermeras que lo cuidaban con cariño. Pero, al final tuvo que ser trasladado a la residencia Felipe Rinaldi de Arévalo el 14 de noviembre de 1998. Pasó la última etapa de su vida marcado por el dolor, pero dando testimonio de su genio vivo y su presencia animosa, sencilla, bondadosa y cordial. Murió quedamente en la madrugada del 18 de junio de 2000, a los 78 años de edad.
Don Adolfo amó intensamente a los suyos y se entregó con pasión por la Congregación. Fue siempre y fundamentalmente un maestro, a quien le gustaba enseñar, y enseñaba bien. Defensor de la escuela, porque veía en ella la mejor cátedra de apostolado.
Destacó por su humanidad como superior inteligente, abierto y sincero, fiel a Don Bosco y a la Iglesia, consejero, animador y amigo. Su recuerdo sigue vivo en cuantos lo conocieron y trataron.