García Martínez, Faustino

Faustino García Martínez

Coadjutor (1922-2000)

Nacimiento: Espina de Tremor (León), 17 de enero de 1922
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1949
Defunción: Mohernando, 19 de junio de 2000

De padres labradores, trabajó en el campo y en las minas de antracita de Torre del Bierzo (León) hasta los 22 años, en que don Antonio García Aguado lo ganó para la causa de Don Bosco. De 1944 a 1948, pasó por los aspirantados de Santander, Astudillo, Madrid-Atocha y San Fernando. Profesó el 16 de agosto de 1949 en Mohernando, donde realizó también el postnoviciado.

Trabajó como conductor y proveedor de la casa en Madrid-San Fernando (1952-1962) y Puertollano (1962-1966). En la finca aledaña de El Bonal fue administrador del aspirantado de 1966 a 1968. Vuelve a Mohernando a encargarse de la finca y en 1970 es destinado a Carabanchel Alto, donde permanecerá durante 24 años.

Se desvivió por la obra del nuevo aspirantado de coadjutores en construcción y mostró su pericia en los trabajos de fragua, mecánica, cerrajería, carpintería, albañilería y, sobre todo, soldadura, de la que fue auténtico maestro. Recio de hechura y recio de espíritu, su palabra justa y su laboriosidad calaron en generaciones de salesianos coadjutores que le vieron como a un auténtico maestro formador.

Problemas de bronquitis, artritis, corazón y riñón, fueron minando su salud y aconsejaron su traslado a Mohernando en 1994. No dejó nunca de trabajar. Incluso, cuando ya no le respondían las piernas, recibió con gusto una máquina troqueladora que, sentado, le permitía confeccionar diversos artilugios (chapas, insignias…), que servían de recuerdo y propaganda para los numerosos chavales que pasaban por la granja-escuela.

Sin más estudios que los de su escuelita rural, desarrolló su talento natural de manera autodidacta y con tenacidad. De sus manos callosas, ásperas y duras salieron los bancos de las iglesias de Guadalajara y Fuenlabrada, las verjas del patio de mártires de Mohernando o los ventanales de Arévalo, sin olvidar mesas de dibujo, sillas, pupitres y ventanas del aspirantado de Carabanchel Alto. Conoció y perfeccionó el arte de confeccionar dulzainas. Torneando madera, hacía capillas domiciliarias, cálices y otros objetos de adorno. Montó su particular bodeguilla, en la que elaboraba vinos y licores ¡y cuánto gozaba al ofrecerlos a la comunidad o a los visitantes! Alegre, franco, hasta su bigotillo contribuía a resaltar su personalidad.

Calculaba el tiempo de la oración comunitaria para ir siempre aseado. Diez minutos antes de la meditación, se encontraba ya en la capilla. Solía confesarse en los retiros, sin hacer acepción de confesores. Fiel a la visita al Santísimo después de comer, su piedad caminaba acorde con su modo de vida austero, sencillo y laborioso. Murió con la Medalla —ennegrecida por el tiempo— de María Auxiliadora.

Faustino nos queda como modelo seguro de salesiano coadjutor a través de su piedad, trabajo y espíritu de familia.