Guillamet Gener, Josep

Josep Guillamet Gener

Sacerdote (1920-1991)

Nacimiento: Gerona, 11 de febrero de 1920
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 16 de agosto de 1944
Ordenación sacerdotal: Tibidabo, 24 de junio de 1951
Defunción: Tibidabo, 1 de octubre de 1991

Nació el 11 de febrero de 1920 en Gerona. Huérfano de madre, estudió en los maristas de su ciudad, realizó el servicio militar en el ejército republicano, y, al acabar la Guerra Civil española, obtuvo el título de maestro, ejerciendo como interino en Cornellá de Terri (Gerona).

Tras la muerte de su madre ingresó como aspirante en el colegio de Mataró (1942-1943). Luego inició el noviciado en Sant Vicenç dels Horts, donde profesó el 16 de agosto de 1944. Estudió filosofía en Gerona (1944-1946), realizó un año de tirocinio en Valencia-San Antonio (1946-1947) y estudió teología entre Carabanchel Alto (1947-1950) y Martí-Codolar (1950-1951), siendo ordenado sacerdote en el Tibidabo, el 24 de junio de 1951.

Fue consejero y administrador en Pamplona (1951-1955, 1959-1965), director en Rocafort (1955-1956) y La Almunia de Doña Godina (1956-1959), y consejero en Pasajes (1965-1967).

Después pasó a la inspectoría de Barcelona y fue un año administrador en Horta (1967-1968), Sarrià (1968-1971), Andorra (1971-1972), y vicario en Sabadell (1972-1976). Desde 1976 hasta 1989 trabajó en Sarrià como secretario inspectorial y como párroco del Santo Ángel. Finalmente llegó al Tibidabo (1989-1991), donde murió de un infarto el 1 de octubre de 1991.

Su etapa de Pamplona debió ser la mejor de su vida, por los recuerdos que mantenía. Su trato y prudencia con los representantes de la Excelentísima Diputación Foral le ganaron la cooperación y la amistad de las autoridades. Tenía una sutil intuición para captar las preocupaciones de los demás y darse todo a todos. Siempre se manifestaba sacerdote, en la predicación, en la dirección espiritual y en la pastoral familiar.

Tuvo que emplearse a fondo en la puesta en marcha de la nueva casa de formación para coadjutores en La Almunia de Doña Godina. Se hacía escuchar por su claridad y serenidad, sobre todo en las Buenas noches, bien pensadas siempre. Y, aunque ciertas cosas le afectaban mucho y le hacían sufrir, mantenía el equilibrio y el respeto a todos; además con un humor muy suyo.

El pensamiento de la muerte le era familiar; desde hacía más de 30 años estaba bajo control del cardiólogo y cuidaba su salud. Con su tan repetida salida «No m’emboliquis» («No me líes») no pretendía rehuir los problemas, sino que se los presentaran con calma y uno tras otro. Su repentina muerte vino a corroborar su preocupación por evitar tensiones y acaloramientos.