Hernández García, Tobías

Tobías Hernández García

Sacerdote (1920-1996)

Nacimiento: Valdecarros (Salamanca), 15 de abril de 1920
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1941
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 3 de julio de 1949
Defunción: Arévalo, 2 de julio de 1996

Nació el 15 de abril de 1920 en Valdecarros (Salamanca). Es el pequeño de una familia de profundas convicciones cristianas. Seguirá a su hermano Emilio en la vocación salesiana.

Comienza el aspirantado en octubre de 1934, en Carabanchel Alto. Durante la Guerra Civil vagó por diversas residencias, tiempo aciago que le marcó de por vida. Por fin, en 1940 puede volver a Carabanchel para reanudar el aspirantado. Ese mismo año comienza el noviciado en Mohernando y emite la primera profesión el 16 de agosto de 1941.

Hace también en Mohernando el primer año de filosofía; los otros dos los hará en Astudillo mientras realiza el tirocinio. Terminado el trienio práctico con la profesión perpetua el 16 de agosto de 1945, vuelve a Carabanchel para culminar el proceso formativo con los estudios de teología y la ordenación sacerdotal. Es ordenado el 3 de julio de 1949 por monseñor Juan Manuel González Arbeláez.

Vive sus primicias sacerdotales en el recién estrenado seminario de Arévalo (Ávila) y en septiembre de 1951 la obediencia le envía a Turín para estudiar derecho canónico. Terminada la licenciatura, es enviado al teologado de Carabanchel, primero, y después al recién inaugurado de Salamanca. Durante 18 años fue profesor de Derecho y formador de los estudiantes de teología. Humildemente confesó en repetidas ocasiones: «El derecho y yo siempre fuimos un matrimonio mal avenido».

Tras estos años en el teologado es destinado a distintas casas de formación de la inspectoría: como profesor y catequista al aspirantado de Arévalo y como confesor a Mohernando y al seminario de Guadalajara.

A lo largo de toda su vida se mostró un hombre sobrio, asceta y exigente consigo mismo; y también un hombre sencillo y bueno, cercano y humilde. Como religioso, era un salesiano verdaderamente ejemplar en su vida comunitaria, en la pobreza y obediencia, aceptando incluso incumbencias y misiones que se le presentaban costosas; de oración profunda y de delicada fidelidad litúrgica. Su fidelidad a la vocación salesiana y sacerdotal fueron un testimonio constante para cuantos le conocieron.

La última etapa de su vida la vivió sin ruidos, en un clima de silencio y retiro, como un verdadero contemplativo. Era consciente de su estado de debilidad. Y, después de llevar varios meses postrado en el lecho del dolor, dejaba este mundo casi de improviso. El día 2 de julio de 1996, a los 75 años, una fuerte trombosis ponía fin a su vida, después de debatirse durante 20 días entre la vida y la muerte.