Jerónimo Hernández Hurtado
Sacerdote (1912-1989)
Nacimiento: Villena (Alicante), 22 de marzo de 1912
Profesión religiosa: Sarrià, 6 de junio de 1928
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 27 de octubre de 1940
Defunción: Valencia, 26 de marzo de 1989
Nació en Villena el 22 de marzo de 1912. A los 11 años marchó como aspirante a la casa de El Campello. A los pocos días de marchar al aspirantado, su padre, que sospechaba que lo de Jerónimo era un capricho infantil, fue a verlo con la idea de que se volviera con él. Pero el chico le dijo con decisión que él quería quedarse para siempre con Don Bosco. Desde este momento, la Congregación Salesiana será su familia y el objeto preferente de sus amores.
Hizo el noviciado en Barcelona-Sarrià donde profesó el día 6 de junio de 1928, cursó los estudios filosóficos en Gerona y el trienio práctico en Mataró y Rocafort. Los estudios teológicos iniciados en Carabanchel Alto hubo de interrumpirlos por la Guerra Civil.
Planeó cruzar la frontera clandestinamente. Sin embargo, su plan fracasó y fue capturado, apaleado, sometido a violentos interrogatorios y a todo tipo de vejaciones físicas, psíquicas y morales. Fingiéndose loco, fue internado en un psiquiátrico. Todos estos avatares dejaron claras secuelas en su vida.
Por fin, terminada la guerra, y después de unos meses en Azkoitia, completó sus estudios de teología en Barcelona, donde el 27 de octubre de 1940 alcanzaba la meta con que tanto había soñado y por la que tanto había sufrido: ser sacerdote.
A partir de entonces, trabajó en las casas de Alicante, Pamplona, Burriana, Huesca, Alicante, de nuevo, y Valencia-San Antonio, donde apuró sus 27 últimos años y donde murió el 26 de marzo de 1989, a los 77 años de edad.
Don Jerónimo tuvo un corazón oratoriano. Toda su vida salesiana estuvo consagrada a la catequesis, llevada a cabo con un método muy personal que cautivaba a pequeños y grandes. El oratorio festivo fue su pasión y el campo predilecto de su labor pastoral. Para entretener a los chicos realizaba todo tipo de actividades: teatro, diálogos, canciones, rifas, juegos, excursiones, alquiler de patines y bicicletas, recogida de sellos para las misiones…
La devoción a la Virgen fue otro de sus afanes. Para ello, repartió millares de medallas, estatuillas, pegatinas, llaveros y rosarios.
Destacó, además, por su amor a la eucaristía y su entrega al sacramento de la reconciliación.
Don Jerónimo fue siempre un religioso ejemplar, cuidaba con esmero los actos comunitarios, a los que jamás faltó. Tenía un gran sentido de la obediencia a sus superiores.
Desde el comienzo de su sacerdocio, quiso vivir en permanente espíritu de mortificación, movido de un deseo desmedido de acompañar a Jesús en su obra de redención con privaciones particulares.
Si se quisiera ofrecer su quintaesencia, se podría decir: don Jerónimo, ¡un auténtico sacerdote salesiano con corazón oratoriano!