Hernández Medina, Matías

Matías Hernández Medina

Sacerdote (1916-2002)

Nacimiento: Sobradillo (Salamanca), 27 de diciembre de 1916
Profesión religiosa: San José del Valle, 10 de septiembre de 1935
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 15 de junio de 1946
Defunción: Sevilla, 21 de agosto de 2002

Matías nace en el pueblecito salmantino de Sobradillo, de cuyo ayuntamiento su padre era secretario. En 1930 ingresa en el aspirantado de Montilla, siguiendo los pasos de su hermano Juan Luis, que el 28 de julio de 1936 morirá en Ronda, mártir de la fe. En su habitación y bien enmarcada, le acompañó siempre una fotografía de su hermano.

Culmina el noviciado con la profesión temporal el 10 de septiembre de 1935 en San José del Valle, donde cursa a continuación filosofía. A causa de la Guerra Civil el trienio se convierte en sexenio entre los aspirantes de Montilla y los artesanos de Málaga. En 1942 emprende en Carabanchel Alto los estudios de teología, que corona con la ordenación sacerdotal el 15 de junio de 1946.

Estrena su sacerdocio en Málaga, desempeñando durante el sexenio 1946-1952 el cargo de catequista, que continuó ejerciendo durante dos años en Las Palmas de Gran Canaria.

La división de inspectorías (1954) incardina a Matías en la inspectoría de Sevilla. Comienza una etapa de fecunda acción apostólica en diversas casas, desde Algeciras hasta Cáceres, pasando por Puerto Real, Cádiz-Valcárcel y Carmona, siempre con responsabilidades de catequista, profesor y confesor.

A destacar la etapa extremeña, de 11 años, en las casas de Cáceres, Mérida y Puebla de la Calzada. No fue menos fructífera la etapa onubense, que significó los últimos años de su plena actividad (1978-1984) en las casas de Huelva, La Palma del Condado y Aracena, realizando en este último destino tareas de párroco rural en pueblos de la sierra.

Significativos por demás los 14 años pasados en Algeciras como prefecto, encargado del externado, coadjutor parroquial y confesor. Ahí empezó a dar la cara la enfermedad de Alzheimer, que le acompañará hasta el final de sus días. El deterioro paulatino de la salud le obligó a pasar los seis últimos años de su vida en la casa Don Pedro Ricaldone de Sevilla.

Matías pasó por la vida con toda sencillez y sin hacer ruido, uno de esos salesianos disponibles, con poca o ninguna dificultad para la obediencia. Era tan proverbial su espontaneidad como las innumerables anécdotas de olvido o despiste, que resolvía siempre con una sonrisa entre inocente y pícara. Su sencillez, espontaneidad, alegría, la buena disposición para entablar una conversación o aceptar una broma, lo hicieron un animador de la vida comunitaria.

Dotado de cualidades para el dibujo artístico, pintó imágenes salesianas que aún hoy día pueden admirarse en los hogares de amigos y colaboradores. Mientras pudo, fue confesor ordinario y extraordinario de comunidades religiosas femeninas y de muchos salesianos.

La enfermedad acabó postrándolo en una silla de ruedas. Fue uno de los primeros inquilinos de la casa Don Pedro Ricaldone. Sorprendió la noticia de su muerte imprevista. Moría con la sencillez con la que había vivido, sin molestar, el 21 de agosto de 2002, a los 85 años de edad.