Fernando Martagón Bocio
Sacerdote (1913-1995)
Nacimiento: La Puebla de la Calzada (Sevilla), 9 de octubre de 1913
Profesión religiosa: San José del Valle, 10 de agosto de 1933
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 19 de junio de 1943
Defunción: Sevilla, 3 de agosto de 1995
Nace en La Puebla de la Calzada, de una cristiana familia numerosa (14 hermanos), el 9 de octubre de 1913. Recibió la llamada de Dios a través de su paisano salesiano Modesto Jiménez.
A los 14 años inicia en la casa de Cádiz los cursos de humanidades, que prosigue, ya como aspirante, en Montilla. En San José del Valle hace el noviciado, que corona con la profesión religiosa (10 de agosto de 1933), y el bienio de filosofía. Cumple el trienio práctico en las casas de Carmona, Algeciras y Cádiz. En Utrera, simultanea por un año la labor docente con el inicio de los estudios de teología, que prosigue y concluye en el teologado de Carabanchel Alto, donde recibirá la ordenación sacerdotal el 19 de junio de 1943.
Montilla le marca para siempre. Tras estrenar su ministerio sacerdotal en Pozoblanco, pasa a Montilla. Eran los años difíciles de la postguerra y Fernando se volcó con todas sus cualidades a mitigar el hambre, a ser padre, profesor, confesor y amigo con los alumnos y los jóvenes del círculo Domingo Savio que pasaban a engrosar la Asociación de Antiguos Alumnos. Su antiguo inspector, don Santiago Sánchez, con algo de guasita, le decía: «Los dos personajes más célebres e importantes que han pasado por Montilla han sido el Gran Capitán y Fernando Martagón».
La casa de la Trinidad lo consolida en su entrega sacerdotal como administrador y encargado de los antiguos alumnos, a quienes dedicó parte de su vida salesiana, preocupándose de sus problemas familiares, religiosos y laborales.
Siguieron otros 20 años más de administrador en Cádiz, Campano y Jerez de la Frontera. En todas partes dejó lo mejor de sí mismo, trabajando incansablemente por mejorar las condiciones materiales y económicas de las casas (aulas, talleres, fincas, instalaciones…), echando mano de su natural bondad y su experiencia en esos asuntos.
La última década de su vida (1985-1995) presta su servicio como administrador en la casa inspectorial, atendiendo a los hermanos de la comunidad y acogiendo a los muchos que pasaban por la casa. Mermado de facultades, en 1991 tuvo que ir dejando este servicio que realizaba con tanto esmero y cariño. Un infarto cerebral acabó en 15 días con su preciada existencia, a sus 81 años de edad.
Hombre de gran humanidad, de una bondad natural y sencilla, era fraterno y cercano, atento con cuantos se le acercaban. Con sencillez acudía el primero a todos los actos comunitarios, ocupaba el centro de la comunidad con sus atenciones, detalles y bromas, que unas veces toleraba con agrado y otras menos, contribuyendo todo ello a crear un clima de familia y de distensión.
Hombre de fe y buen religioso, supo inculcar el amor a María Auxiliadora y hacer presente el carisma de Don Bosco entre los jóvenes y antiguos alumnos, a través del ministerio sacerdotal, especialmente del sacramento de la reconciliación.