Miguel Mas Caules
Sacerdote (1928-2006)
Nacimiento: Ciutadella (Menorca), 28 de octubre de 1928
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 16 de agosto de 1946
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 26 de junio de 1955
Defunción: Martí-Codolar, 4 de septiembre de 2006
Nació el 28 de octubre de 1928, en Ciutadella. Sus padres, Antonio e Inés, estaban muy vinculados al colegio salesiano y al santuario de María Auxiliadora, donde Miguel era monaguillo habitual.
Hizo el aspirantado en el Tibidabo y Sant Vicenç dels Horts (1942-1945). Aquí también realizó el noviciado y su primera profesión religiosa, el 16 de agosto de 1946. Estudió los dos años de filosofía en Gerona, pasó el tirocinio práctico en Valencia-San Juan Bosco, cursó teología en Martí-Codolar (1951-1955) y fue ordenado en el Tibidabo el 26 de junio de 1955.
Ya sacerdote, fue consejero y catequista en Monzón (1955-1960), catequista en Gerona (1960-1963), director de Monzón (1963-1967) y en Sabadell (1967-1970), vicario de la parroquia San Juan Bosco de Ciudad Meridiana (1970-1974), dos años pasó en su Ciutadella natal y un año en Rocafort. En 1977 fue enviado al Tibidabo y en 1993 a Mataró (1993-2001).
En 2001 fue trasladado a la residencia Nuestra Señora de la Merced de Martí-Codolar, donde falleció el 4 de septiembre de 2006, a la edad de 77 años.
Fue un buen salesiano, amable, sencillo, afectuoso, trabajador, disponible para todo lo que se le encomendase. Era un «hombre de casa», siempre presente en la comunidad; con su cercanía, optimismo y natural alegría, ayudaba grandemente a crear un clima cálido en la comunidad.
Vivió siempre ilusionado con su trabajo, con su misión salesiana y con la gente; llevaba en el corazón todas las casas en donde había vivido y trabajado. Por eso es natural que fuera muy querido en todas partes.
Siempre amable con los compañeros y enfermeras de la residencia, procuraba pasar desapercibido, para no dar demasiado trabajo, aunque agradecía las visitas y las atenciones del personal sanitario. A pesar de su enfermedad, llevaba una vida de piedad sencilla, pero constante.
Le gustaban las charlas sencillas y acogía a todos los que le visitaban con alegría. Durante su último año, ya muy debilitado, se sentaba cada día a la entrada de la comunidad, para así poder saludar a todo el que pasaba.