Mentuy Mentuy, José

José Mentuy Mentuy

Coadjutor (1926-2015)

Nacimiento: Surp (Lérida), 18 de marzo de 1926
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 16 de agosto de 1944
Defunción: Zaragoza, 6 de diciembre de 2015

El «Pep Mentuy», como cariñosamente era conocido, nació el 18 de marzo de 1926 en el pueblecito pirenaico de Surp (Lérida). Hizo el noviciado en Sant Vicenç del Horts y allí profesó el 16 de agosto de 1944. La profesión perpetua la hizo el 15 de agosto de 1954 en Barcelona-Sarrià.

Sus primeros destinos como salesiano fueron El Campello, Gerona, Mataró, Barcelona-Horta y Barcelona-Martí-Codolar, hasta que en 1953, con 27 años de edad, llegó a Zaragoza para quedarse hasta el día de su fallecimiento, ocurrido el 6 de diciembre de 2015 a la edad de 89 años. Pep fue, desde su juventud, una persona tenaz y perseverante en el trabajo, primero en la granja aneja al colegio de Zaragoza y después en la finca llamada Torre Casimiro, en las afueras de la ciudad. Cuántas vigilias nocturnas, cuánto ir y venir de madrugada, cuánto polvo tragado en la era a pleno sol, en tiempos de la siega…, con el sano objetivo de conseguir fondos suficientes para sacar adelante la economía del colegio Zaragoza, que se encontraba en la etapa inicial de su fundación (año 1940).

Pep cautivaba además por su bondad y sencillez. Monseñor Miguel Asurmendi, obispo emérito de Vitoria-Gasteiz, que le conoció bien, comentó en el texto de su homilía: «Rezando por el Pep, no me he quitado de la mente la palabra del evangelio: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios e importantes y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido bien” (Mt 11,25)».

Antes de ser ingresado por última vez en el Hospital Clínico, manifestó confidencialmente su deseo de que en su funeral solo hubiera tres sacerdotes en el altar, que se hablase de él lo imprescindible y que en su tumba no hubiera flores. Se comprende que no pudieran cumplirse sus deseos porque todos quisieron manifestarle su afecto con su presencia, su testimonio y la oración agradecida.

Fue un salesiano pobre. No apetecía tener más de lo preciso para vestir, aunque le gustaba distinguir los domingos luciendo la mejor camisa de su armario. Como él decía: «Al Pep le bastaban cinco minutos para hacer la maleta…». Y así ha sido: en su habitación dejó solo lo estrictamente necesario.

Fue muy humano. La experiencia de muchos años de penurias le había dotado de una filosofía práctica de la vida. Ante cualquier problema, tenía siempre una solución sencilla y correcta. Amaba entrañablemente a su familia, procuraba asistir a los acontecimientos familiares acompañado siempre por una representación de la comunidad salesiana.

Y muy salesiano, practicó una espiritualidad sencilla. Para él, la misa diaria era el motor y el fundamento de su fe en Dios. En el último año, recluido casi todo el tiempo en su habitación, sus palabras de despedida cada noche al acostarse, con su mente confusa, eran: “¿A qué hora es la misa mañana?». A ella acudía siempre y al final casi sin fuerzas. Fue, por encima de todo, un buen hijo de Don Bosco. En sus últimos días, a la invitación de un hermano de comunidad para que rezara una oración, decía: «Es que lo complicáis todo: mis dos “santos” a los que rezo cada día, son María Auxiliadora y Don Bosco».

A Pep Mentuy se le recordará como una gran persona, un ejemplo de salesiano coadjutor, gran trabajador, convencido de sus principios religiosos, alegre, corazón tierno y buen hermano.