Agustín Pacho Marcos
Sacerdote (1900-1988)
Nacimiento: El Manzano (Salamanca), 21 de agosto de 1900
Profesión religiosa: San José del Valle, 10 de septiembre de 1920
Ordenación sacerdotal: Córdoba, 26 de mayo de 1934
Defunción: Alcalá de Guadaíra, 11 de agosto de 1988
Nace en el pueblo salmantino de El Manzano. A los 15 años inicia el aspirantado en Cádiz. Al terminarlo, hace en San José del Valle el noviciado, que clausura con la profesión religiosa el 10 de septiembre de 1920, y a continuación los dos años de estudios filosóficos. Su trienio práctico se convierte en 12 años (1922-1934) en un sorprendente y continuo trasiego de casas: Cádiz, Ronda-Santa Teresa, Sevilla-Trinidad por dos veces, Utrera y a Córdoba por otras dos. En su segunda estancia cordobesa, la única prolongada (1931-1935), aparece ya subdiácono, debiendo entonces simultanear las tareas escolares con los estudios teológicos, que, al fin, corona con la ordenación sacerdotal el 26 de mayo de 1934 en Córdoba.
Su actividad salesiano-sacerdotal de más de medio siglo no es menos amplia y fecunda en el tiempo y en el espacio. Las tres primeras décadas (1934-1963): tras estrenar por un año su ministerio sacerdotal en Córdoba, pasa a la casa de Fuentes de Andalucía, por dos veces como consejero escolástico, cargo que desempeñará también en Cádiz, en Málaga y en Rota. Seguidamente aparece como confesor en las casas de Sevilla-Trinidad, Campano, Écija, La Orotava, Carmona, Jerez-Hogar y Morón de la Frontera.
Por fin, en 1963, detuvo su carrera en Alcalá de Guadaíra, donde hasta su muerte consumirá 25 años de constante servicio pastoral. En Alcalá será un símbolo salesiano para todo el pueblo.
A Agustín hay que definirlo por lo que constituyó su identidad y su vocación de confesor. Lo fue por 40 años, desde 1948 hasta los últimos días, en los que, ya inconsciente, daba absoluciones al vacío. El sacramento de la reconciliación fue el programa que llenó su pastoral sacerdotal. Su lápida lo seguirá recordando a todos por siempre: SALESIANO, CONFESOR.
Se le reconoció en vida su sencillez, su caridad pastoral, su delicadeza en no molestar a nadie, su afán de pasar inadvertido, de ausencia de emociones en sus apetencias, con sus célebres exclamaciones: ¿Para qué?… Es igual… Es lo mismo…
Todo ello ha sido motivo de admiración y reconocimiento por parte de todos, expresado, poco antes de morir, en el mismo 1988, cuando el Ayuntamiento de Alcalá dio el nombre de Agustín a una calle de la ciudad.
Su tiempo de vida corrió paralelo al siglo, faltándole 10 días para cumplir los 88 años, el 11 de agosto de 1988.