Pastor Mancho, Pablo

Pablo Pastor Mancho

Sacerdote (1897-1970)

Nacimiento: Fuentes de Valdepero (Palencia), 22 de marzo de 1897
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1915
Ordenación sacerdotal: Turín, 12 de julio de 1925
Defunción: Valencia, 19 de julio de 1970

Nació el 22 de marzo de 1897 en Fuentes de Valdepero (Palencia). A edad temprana, con apenas 10 años, ingresó en el colegio salesiano de San Matías en Vigo (Pontevedra). Y allí, su primera decisión: seré salesiano.

Fue aspirante en las casas de Carabanchel Alto y El Campello. Posteriormente, en Carabanchel hizo el noviciado y la profesión religiosa el 25 de julio de 1915. Allí también cursó los estudios de filosofía; después, el trienio práctico en Madrid-Atocha y Barcelona-Sarrià con los artesanos.

El primero de octubre de 1921 inició sus estudios de teología en Foglizzo-Turín, culminándolos con el doctorado en Teología y la ordenación sacerdotal el 12 de julio de 1925.

Trabajó como sacerdote en Alicante, Gerona, Astudillo, Sarrià, Orense, La Coruña, Rocafort y finalmente en Valencia como consejero escolástico y encargado del oratorio, mientras tuvo bien el oído. Cuando lo perdió, se dedicó básicamente a la oración y al confesionario.

Una progresiva y pertinaz sordera, junto a otros achaques, había hecho que se ciñera en la medida de sus fuerzas a actividades de la parroquia de San Antonio Abad-Valencia, encargándose de visitar a los cooperadores y bienhechores de la obra salesiana. Desempeñó esta misión con gran fidelidad, constancia y sacrificio; y cultivó con mucho acierto entre ellos el amor a María Auxiliadora y a todo lo salesiano.

Cuando, imposibilitado para todo trabajo de acción exterior, tuvo que recluirse entre las paredes de su habitación, dio entonces la medida exacta de su persona, que podría resumirse en estas palabras: conformidad, mansedumbre, gratitud y piedad.

A lo largo de estos años de retiro forzoso, se fue notando en él un cambio profundo que le hizo llegar a una madurez total. Al principio de su enfermedad le brotaban frecuentemente los resabios de su temperamento fuerte e inflexible, quejándose de las hipotéticas desatenciones en que lo tenía la comunidad. Pero luego evolucionó hacia un estado habitual de gran mansedumbre y serena conformidad; no solo no se quejaba, sino que siempre tenía a flor de labios la palabra ¡gracias! por cada mínima atención que se le dispensaba.

Cuando ya no pudo celebrar la eucaristía, pedía puntualmente todos los días que se le llevase la comunión. Su devoción y confianza en María la manifestaba con el santo rosario, que tenía siempre entre las manos.

Y así su vida se fue extinguiendo suavemente. La comunidad rodeó su lecho mientras se le administraba la unción de los enfermos y a las pocas horas, en la madrugada del domingo día 19 de julio de 1970, moría a la edad de 73 años.