Carlos Pettenuzzo
Sacerdote (1916-2006)
Nacimiento: San Giorgio in Bosco-Padua (Italia), 24 de noviembre de 1916
Profesión religiosa: Chieri-Villa Moglia (Italia), 12 de septiembre de 1935
Ordenación sacerdotal: Bagnolo-Piamonte (Italia), 1 de julio de 1945
Defunción: Castelfranco Veneto (Italia), 24 de diciembre de 2006
Nació el 24 de noviembre de 1916 en San Giorgio in Bosco (Padua, Italia), diócesis de Vicenza. Procedía de una familia muy cristiana y salesiana, con tres primos salesianos. Al morir su madre, ingresó en el instituto misionero de Penango Monferrato, en septiembre de 1930.
Hizo el noviciado en Chieri-La Moglia (1934-1935), donde profesó el 12 de septiembre de 1935. Hizo los estudios de filosofía en Foglizzo (1935-1938). Realizó el tirocinio práctico entre Turín-Rebaudengo (1938-1939) y Foglizzo (1939-1941) y estudió teología en Bagnolo (1941-1945), siendo ordenado sacerdote el 1 de julio de 1945.
Marchó en seguida a Roma a estudiar Sagrada Escritura en el Instituto Bíblico de la Universidad Gregoriana (1945-1948). Una vez licenciado, trabajó en Turín-La Crocetta (1948-1951) como profesor de Sagrada Escritura, hebreo y griego bíblico, y a continuación fue enviado a Barcelona-Martí-Codolar, donde durante 24 años (1951-1975) ejerció de profesor de esas mismas materias y fue confesor del teologado.
En 1975, fue destinado a Roma (1975-1978) como director de la comunidad de estudiantes de la UPS. Tras una breve estancia en Cremisan (Israel), vuelve a Martí-Codolar como confesor de los postnovicios (1978-1979). Al ser transferido a la inspectoría de San Marcos de Venecia, fue destinado a la casa de acogida y espiritualidad de Cison di Valmarino (1979-1791). A pesar de sus muchos años, aún fue destinado a Gorizia, a la parroquia de San José de Artesano (1991-2003), hasta que un infarto cerebral forzó su traslado a la enfermería inspectorial de la casa de Godego en enero de 2003.
Murió el 24 de diciembre de 2006 en el Hospital de Castelfranco Veneto de un infarto cerebral, a los 90 años de edad.
Don Carlos Petenuzzo se integró y amó de corazón a la ciudad de Barcelona y a nuestro país, donde se sintió acogido y apreciado. De su estancia en Martí-Codolar estudiantes y profesores pudieron apreciar su simpatía y mansedumbre, exenta de rigideces. Fue un profesor comprensivo, un buen confesor, un agudo director espiritual y una excelente persona, salesiano muy sencillo, austero y humilde, pero no ingenuo; bastaría recordar sus esperadas charlas dominicales que marcaron época, en las que con ironía, sencillez y gracia criticaba la conducta y las costumbres de los teólogos. Lo hacía sin herir a nadie, pero metiendo el dedo en la llaga, muestra de su capacidad de observación, ingenio y sentido del humor.
Estaba siempre dispuesto al ministerio sacerdotal con la gente y las comunidades religiosas, como lo pudo comprobar durante muchos años la comunidad vecina de las Mínimas.