Quílez Gracia, Fabián

Fabián Quílez Gracia

Coadjutor (1900-1993)

Nacimiento: Cañizar del Olivar (Teruel), 22 de diciembre de 1900
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 24 de julio de 1919
Defunción: Urnieta, 6 de marzo de 1993

Don Fabi, como cariñosamente era conocido por todos, nació en Cañizar del Olivar, provincia de Teruel. Fallecido el padre, la madre decidió trasladarse con sus hijos a Barcelona. Fabián ingresó en el colegio salesiano de Sarrià. En la campaña vocacional, que por el mes de abril tenía lugar en el colegio, Fabián comunicó su decisión de hacerse salesiano.

Hizo el noviciado en Carabanchel Alto y profesó como coadjutor el día 24 de julio de 1919. En 1921 fue destinado a Madrid-Atocha, donde estuvo hasta el año 1942. Allí le sorprendió la dura prueba de la guerra. Fueron varias las familias que lo acogieron en el mismo Madrid y de las que supo guardar siempre fiel y agradecido recuerdo.

Terminada la guerra, se incorporó de nuevo a la comunidad de Atocha, pero, al cerrarse los talleres de sastrería y zapatería, don Fabi, a sus 39 años, tuvo que emprender nuevo camino. Con toda sencillez narra él su reacción: «Me decidí a pasar a la mecánica, tomé la lima y lima que te lima…, la fragua, el soplete… y día tras día me adaptaba al arte de malear el hierro».

En 1943 fue destinado a Deusto donde se perfeccionó como mecánico y maestro de taller hasta 1966, año en que pasó a Valencia para formar parte de la comunidad que acompañaba al arzobispo don Marcelino Olaechea. Etapa de su vida esta que le quedará muy marcada.

En 1973, cumplida su misión en Valencia, fue destinado a la casa de Urnieta-Pake Leku (Guipúzcoa), en la que con la ilusión de un adolescente realizó trabajos de hortelano, ayudó en el cuidado de animales, cultivó el jardín, hizo de factótum.

Hombre abierto, observador y dotado de una memoria privilegiada, pocas veces describía los sentimientos, afectos o sinsabores de su vida interior.

Fue un salesiano fiel a las prácticas comunitarias, con una piedad sencilla, enraizada en lo popular y, a la vez, profunda. A pesar de superar los 90 años, nunca se le vio inactivo. Si su salud se lo permitía, siempre había un trabajo que hacer, un libro o revista que leer o unos versos que componer para las sobremesas y veladas.

Los tiempos difíciles que le tocó vivir le acostumbraron a la austeridad que mantuvo en su vida diaria y le sirvieron para dominar su fuerte temperamento. Nunca salía de su boca una crítica amarga a espaldas de los interesados, nunca se quejaba, cosa que llamó la atención de las enfermeras que le atendieron en su última enfermedad.

El día 21 de diciembre, víspera de su 92 cumpleaños, tuvo que ser internado como consecuencia de un claro y extendido tumor que, en tres meses, unido al desgaste propio de su avanzada edad, pudo con su fuerte constitución. Duró solo unos meses. Murió el día 6 de marzo de 1993.