Sánchez Martín, Rafael

Rafael Sánchez Martín

Coadjutor (1889-1977)

Nacimiento: Osuna (Sevilla), 16 de julio de 1889
Profesión religiosa: Sevilla, 8 de diciembre de 1909
Defunción: Sevilla, 1 de abril de 1977

Nació en la villa sevillana de Osuna. No conoció a su padre y días más tarde en la colegiata de Santa María recibió el bautismo, en cuya partida aparece con los dos apellidos de su madre, Josefa Martín Sánchez. Con 11 años lo ingresaba como interno en la casa salesiana de la Trinidad de Sevilla, dirigida por el joven don Pedro Ricaldone, al que Rafael consideraba como su único padre.

Aquí aprendió el oficio de encuadernador en los talleres y la salesianidad de manos de don Ricaldone. Admitido al noviciado, emitió en Sevilla su primera profesión el 8 de diciembre 1909.

El maestro Sánchez vivió toda su vida en la Trinidad de Sevilla, a excepción del sexenio 1918 a 1924 pasado en Málaga. Precisamente es este el período de crisis vocacional en el que, debido seguramente a la condición de que su madre era soltera, tardó en ser admitido a la profesión perpetua, que por fin emite en Utrera a los 38 años, el 24 de agosto de 1927.

En la Trinidad se formó como impresor-encuadernador, a las órdenes de salesianos coadjutores ejemplares, como el maestro Plá y el maestro Dalmau. Ellos fueron sus maestros y de ellos, en su momento, tomó el relevo. También él, como sus antecesores, ocupó la jefatura de aquellos talleres en los que se formaron generaciones de alumnos.

Pasaron los años y, a pesar de su fibra excepcional, no tuvo más remedio que dejar su imprenta, la encuadernación y la jefatura de talleres, y dedicarse a la librería y a la biblioteca del colegio.

Toda su vida se desarrolló entre libros: primero imprimiéndolos y encuadernándolos, luego vendiéndolos y finalmente conservándolos. Artista en su arte de encuadernador, consiguió premios en varias exposiciones.

Haber pasado 67 años en una misma casa engendró en el maestro Sánchez un cariño excepcional a la casa y supuso en él una gran capacidad de adaptación a circunstancias y personas. Vio innovaciones en las estructuras educativas, del inmueble y del personal, todo con cierto dolor que jamás se le transparentó al exterior.

En sus 87 años de vida no guardó cama por enfermedad ni un solo día. Su robustez física a mediados de febrero de 1977 se vio doblegada y disminuida con la amputación de una pierna. Decía en sus últimos días, aludiendo a su pierna cortada: «Estoy bien, he tirado lo que iba mal».

El organismo no se repuso y fue consumiéndose poco a poco. Al tenerlo que ingresar en la clínica, se percataron de que en su armario apenas había prendas de vestir. Vivía con una austeridad radical. Muchos de los antiguos alumnos desfilaron por su lecho de dolor o expresaron el más sentido pésame por la desaparición de su maestro. Nos dejó en Sevilla el 1 de abril de 1977, a los 87 años de edad.