Villar Reina, Eduardo

Eduardo Villar Reina

Sacerdote (1903-1963)

Nacimiento: Estepa (Sevilla), 11 de octubre de 1903
Profesión religiosa: San José del Valle, 13 de septiembre de 1923
Ordenación sacerdotal: Sevilla, 21 de mayo de 1932
Defunción: Las Palmas de Gran Canaria, 23 de enero de 1963

Nace en la localidad sevillana de Estepa el 11 de octubre de 1903, en el seno de una familia muy cristiana y unida a la parroquia del pueblo. La familia se traslada a Sevilla y toma contacto con los salesianos en las escuelas de San Benito de Calatrava. Y allí le brota la vocación al joven Eduardo.

Ingresa en el aspirantado de Cádiz (1918-1922). En 1922 entra en el noviciado, emite sus primeros votos religiosos el 13 de septiembre de 1923 y cursa allí los dos años de filosofía, sobresaliendo ya por sus cualidades musicales entre sus mismos compañeros.

El tirocinio práctico lo hace en Las Palmas de Gran Canaria, en San José del Valle comienza los estudios de teología (1928), que culmina con la ordenación el 21 de mayo de 1932, y su primera misa en Sevilla.

Sus inquietudes misioneras como joven sacerdote se concretan en su estancia en el aspirantado misionero de Astudillo, de donde marcha al Congo Belga (hoy Zaire) como profesor de teología por poco tiempo.

De nuevo en la inspectoría, es destinado al apostolado parroquial en Algeciras y pasa por las obras de Écija, Montilla y Alcalá de Guadaíra, destacando siempre como profesor de canto y música.

Sus últimos los años transcurren trabajando en Las Palmas de Gran Canaria (1953-1963). Se hace cargo de la parroquia de Santa Catalina, confiada a los salesianos: es popular, atiende a los pobres, dinamiza la parroquia, le da un tono oratoriano, se preocupa especialmente de la zona pobre del Barranquillo de don Zoilo, para la que consigue viviendas dignas, agua, luz, condiciones sanitarias y escuelas gratuitas llevadas por la parroquia. Consigue también un terreno para edificar la iglesia de María Auxiliadora. En agradecimiento, le dedican la calle principal del actual barrio.

Cuando se disponía a despertar a la comunidad, sufrió un desmayo provocado por un ataque cardíaco y falleció en Las Palmas el 23 de enero de 1963, a los 59 años de edad. Su entierro fue un plebiscito de la gente popular del Barranquillo, agradecida a su entrega generosa.

Fue un sacerdote que sintió predilección por los pobres, a los que se entregó sin desmayo para paliar sus necesidades materiales y espirituales. Su devoción mariana lo llevó a predicar y a extender la devoción a la Virgen. Buen músico, disfrutaba con la liturgia y las celebraciones.