Antonio Pedrós Torné
Coadjutor (1940-1963)
Nacimiento: Tudela de Segre (Lérida), 21 de octubre de 1940
Profesión religiosa: L’Arboç del Penedès, 16 de agosto de 1958
Defunción: Valencia, 3 de marzo de 1963
Nació el 21 de octubre de 1940, en Tudela de Segre (Lérida) en el seno de una familia numerosa formada por nueve hijos y sus padres, José y Ángela, totalmente entregada a las tareas del campo en su masía de Ceró, cerca de Pons (Lérida). Era un hogar muy cristiano, donde reinaba el santo temor de Dios, se rezaba diariamente el rosario y se practicaba la caridad con el prójimo necesitado.
Don José Enseñat, promotor de vocaciones, fue a buscarlo a su mismo pueblo y se lo llevó para que hiciera el aspirantado en Sarrià y en Gerona; el 15 de agosto de 1957 inició el noviciado en L’Arboç del Penedès (Tarragona), culminándolo con la profesión religiosa, como salesiano coadjutor, el 16 de agosto de 1958.
En El Campello y Sádaba hizo el trienio práctico. En esos momentos se abría la casa de Godelleta y Antonio fue enviado a la misma para que se hiciera cargo de la explotación de los campos y la organización de la granja, y así contribuir convenientemente al sostenimiento de esta casa de formación.
Mientras cumplía un acto de servicio, le sorprendió inesperadamente la muerte: tenía que cortar un escape de agua que estaba inundando uno de los locales de la granja. Al intentar iluminar el recinto de los animales, una descarga eléctrica le produjo una parálisis cardiaca instantánea. Nada se pudo hacer. El señor Pedrós moría en el Hospital Provincial el 3 de marzo de 1963, a los 22 años.
Era un religioso de observancia ejemplar, edificante, gran trabajador y responsable. Nunca creó problemas a los superiores; les exponía todos sus planes y acataba sus determinaciones. Asiduamente conferenciaba con su director con claridad y confianza, convencido de que hablando con sinceridad se arreglaban las cosas del alma.
Le gustaba la vida salesiana; su entretenimiento consistía en asistir y participar en los juegos, recreos, sobremesas y veladas de los jóvenes estudiantes salesianos. Intervenía con frecuencia en las sobremesas familiares con un número que solía hacer con su latín macarrónico y que era la delicia de todos.
A todo esto se sumaba un carácter agradable y servicial, que le permitía una convivencia alegre con el personal de la casa. Al final de la jornada, antes de las oraciones de la noche, le rodeaban los jóvenes salesianos, pendientes de su conversación, en la que el señor Pedrós contaba anécdotas o exponía sus proyectos.
Había conseguido de ellos que le hicieran carteles que fue colocando en diversos lugares de la granja, como Age quod agis, Principiis obsta, Quod aeternum non est, nihil est, Ama nesciri et pro nihilo reputari…
Tras su muerte, aparecieron entre sus cosas los libros de cuentas; tenía todo en orden, bien contabilizado; incluso los personales exámenes de conciencia que iba escribiendo en un cuadernito confidencial.