Justo Sanfrancisco Llopis
Sacerdote (1941-2026)
Nacimiento: Alcoy (Alicante), 3 de junio 1941
Profesión religiosa: Ibi (Alicante), 16 de agosto de 1961
Ordenación sacerdotal: Alcoy, 21 de noviembre de 1971
Defunción: Salto (Uruguay), 8 de septiembre 2026
Justo nació en la ciudad de Alcoy el 3 de junio de 1941. Desde niño estuvo ligado al carisma salesiano: a los diez años ingresó como alumno en el Colegio Salesiano de Alcoy y, ya a los catorce, mientras cursaba dos años de peritaje mercantil, formaba parte del grupo de catequistas del Oratorio Festivo. A los diecisiete años, en 1958, entró como aspirante en Gerona; hizo su noviciado en Ibi (Alicante), donde profesó el 16 de agosto de 1961. A penas profeso, marchó como misionero a Uruguay, donde ha desarrollado toda su vida salesiana, siempre junto a los jóvenes: como catequista, como director de colegios y como encargado de pastoral. Se lo recuerda por su cercanía sencilla, su capacidad de escucha y el cariño con que acompañó, durante más de cinco décadas, a generaciones de adolescentes y jóvenes en Paysandú, Melo, Salto, Montevideo y Mercedes.
A lo largo de toda su vida se advierte un mismo hilo conductor: la opción constante por estar con los jóvenes y para los jóvenes, aun cuando, desde comienzos de los años 90, su salud del corazón se fue resintiendo. Ni la enfermedad lo alejó de las aulas ni de los patios.
Su lema sacerdotal, tomado de la Segunda Carta a los Corintios, resume el sentido que quiso dar a toda su vida: hacer presente a Cristo, de manera concreta, en la vida de los jóvenes, entregándose por ellos como Cristo se entregó por él. Sostenía que el sacerdote debe vivir primero en profundidad su fe para poder orientar la vida de los demás, convicción que hizo carne en cada uno de sus destinos.
Quienes lo conocieron recuerdan a un sacerdote de trato sencillo y afectuoso, capaz de generar comunidad allí donde llegaba. Tres rasgos definen su biografía: su condición de misionero que dejó su tierra natal para entregarse por entero al Uruguay; su cercanía sencilla y su capacidad de escucha hacia los jóvenes, ejercida en cada uno de sus destinos; y la fidelidad silenciosa con que, incluso enfermo, siguió sirviendo como catequista hasta el final de sus fuerzas.