Pascual Bassons, Antonio

Antonio Pascual Bassons

Sacerdote (1926-2003)

Nacimiento: Barcelona, 15 de octubre de 1926
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 16 de agosto de 1943
Ordenación sacerdotal: Martí-Codolar, 28 de junio de 1953
Defunción: El Campello, 23 de julio de 2003

Nació el 15 de octubre de 1926 en Barcelona, de Francisco Pascual y Rosa Bassons. Fue bautizado en la parroquia de La Purísima Concepción y Asunción de Nuestra Señora con los nombres de Antonio de Padua, Pedro, José.

Antonio era l’hereu (el heredero). En su infancia pasada en Gelida (Barcelona), mostró desde muy pronto en sus juegos y pasatiempos cierta disposición a la vida piadosa. Por eso a nadie le sorprendió que en el año 1939 pidiera a sus padres seguir la carrera sacerdotal. A pesar de ser el primogénito, accedieron. Ingresó en el colegio salesiano de Mataró como aspirante. Cursó bachillerato y marchó al noviciado de Sant Vicenç dels Horts, donde profesó el 16 de agosto de 1943.

Los dos años de estudios filosóficos los hace en Gerona, el trienio práctico entre Valencia y Gerona, y los estudios teológicos en Martí-Codolar. En el templo del Tibidabo fue ordenado sacerdote el 28 de junio de 1953. Al año siguiente fue destinado al PAS de Turín, donde obtuvo la licenciatura en Derecho Canónico.

Finalizados estos estudios, su vida apostólica fue un peregrinar por diversas casas salesianas: Barcelona-Horta, primero, después Sarrià, La Almunia de Doña Godina, Sueca (Valencia), Zaragoza, Albacete-Colegio, Villena, Alicante (parroquia de María Auxiliadora), Cuenca y finalmente la parroquia salesiana de San Pablo en Albacete.

Tras una vida de extraordinaria fidelidad y entrega, murió el 23 de julio de 2003 en El Campello, adonde había sido trasladado para ser atendido en sus problemas de salud. Sus restos fueron llevados a Albacete y sepultados en el panteón del clero diocesano, como sacerdote y salesiano, según se lee en la lápida de su sepultura. Fue siempre muy apreciado por el obispo de la diócesis y por el clero de la ciudad. Don Francisco Cases, obispo, y monseñor Alberto Iñesta, estuvieron presentes en su misa funeral.

De notable inteligencia y cuidada formación académica, don Antonio no hacía alarde de sus conocimientos en sus conversaciones; solo los manifestaba si era necesario, aunque con humildad y discreción. Era una persona buena, cercana, silenciosa, humilde, acogedora, amiga y misericordiosa. Pasó por este mundo como un alma profundamente sacerdotal, un auténtico ministro del Señor: humilde maestro de espíritu, paciente acompañante de los fieles que se le acercaban para confesarse o consultarle sus problemas. Amaba a la Iglesia, hablaba de ella con respeto y cariño. En Albacete fue consultor del Tribunal de la Rota, como defensor del vínculo matrimonial.

En el barrio albaceteño donde vivió sus últimos años era la presencia visible de Dios; se hizo querer por su disponibilidad, capacidad de adaptación, prudencia y pronta respuesta a cualquier demanda que se le hiciera.

Y como salesiano, se sintió perfectamente identificado con el carisma de Don Bosco. Estar presente entre los muchachos fue siempre su ocupación primordial y su ascesis. El afecto por su familia, mantenido en constante correspondencia epistolar, y su dedicación a los jóvenes, superando la barrera de la edad y de su delicada salud, fueron el centro de sus amores; en contacto con ellos supo expresar una entrañable ternura y una profunda preocupación espiritual.