Jacinto Castillo Ordáliz
Coadjutor (1882-1941)
Nacimiento: Aróstegui (Navarra), 15 de agosto de 1882
Profesión religiosa: Sarrià, 25 de septiembre de 1904
Defunción: Mataró, 3 de octubre de 1941
Nació en Aróstegui (Navarra) el 15 de agosto de 1882. En 1899 llegó a la granja-escuela de Gerona. Inició el noviciado en Sarrià (1903-1904), culminándolo allí mismo con la profesión religiosa como coadjutor, el 25 de septiembre de 1904.
En 1907 es destinado a Gerona como panadero. Pasa después a Sarrià (1907-1916 / 1922-1936) y El Campello (1916-1922). En 1931, estando en El Campello para reponerse, fue arrojado de la casa con todos los salesianos y alumnos por las turbas republicanas, y volvió a Sarrià. Durante la Guerra Civil española permaneció en el asilo municipal; y luego fue destinado a Mataró, donde murió.
En su época de El Campello trabajaba de panadero y atendía a la granja de gallinas y conejos. Era un panadero excelente y nunca faltaba el pan a los muchachos, pese a las dificultades. Su porte era amable, alegre, piadoso y bondadoso. Los domingos y fiestas vestía traje y corbata, y hasta sombrero y corbata; parecía un lord inglés.
Al perder las fuerzas, a partir de 1922, trabajó de portero en Sarrià. Siempre pulcro y elegante, delicado y atento con todo el mundo, a pesar de lo complicado de la casa. Se requerían cualidades especiales para realizar aquella misión y el señor Castillo las poseía.
Durante su estancia de dos años y medio en el asilo municipal, le tocó soportar con paciencia los graves inconvenientes de tener que convivir con enfermos indiferentes u hostiles a toda idea religiosa. Fueron tiempos de angustia, privaciones, dolores, aislamiento, bombardeos, noticias de guerra, persecución y muertes; sin contacto con los salesianos y sin más consuelo que la oración y la espera del fin del conflicto.
Al terminar la guerra, casi sin fuerzas, el señor Castillo pudo conectar por fin con los salesianos y fue enviado a la casa de Mataró. Contento por las nuevas circunstancias, demostrando su casta y su espíritu auténticamente salesiano, el señor Castillo se ofreció a los superiores para lo que pudiera. Bajo su atenta dirección, la huerta y la granja de Mataró se pusieron a tono pronto.
El señor Castillo parecía haber resucitado de su enfermedad, pero los primeros fríos de otoño reprodujeron su bronquitis crónica e hicieron flaquear su corazón. Ya no pudo superar la crisis. Aquel «pan» estaba bien cocido, tierno y dorado, a punto; había que sacarlo del horno. Y el Señor se lo llevó para el banquete celestial. Tenía 59 años.