Bellido Íñigo, Modesto

Modesto Bellido Íñigo

Sacerdote (1902-1993)

Nacimiento: San Pedro de Rozados (Salamanca), 31 de diciembre de 1902
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1919
Ordenación sacerdotal: Turín, 6 de julio de 1930
Defunción: Madrid, 26 de noviembre de 1993

Nació en el pueblo salmantino de San Pedro de Rozados en el seno de una familia humilde. Su padre se dedicaba a las tareas del campo, pero pasó después a vivir en Salamanca con un cargo en el ayuntamiento.

El primer contacto con los salesianos lo tuvo en el colegio de San Benito de Salamanca, gracias a la influencia de un tío suyo, sacerdote diocesano que ejercía de confesor en dicho colegio. Hechos allí los estudios primarios, pasó a El Campello para completarlos como aspirante. Hizo el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó el 25 de julio de 1919.

El tirocinio práctico lo realizó en el colegio de Mataró, que será una casa clave en la vida de don Modesto, primero como tirocinante, más tarde como catequista y finalmente como director en los años difíciles de la Guerra Civil. Al terminar el tirocinio, fue enviado a estudiar teología al estudiantado teológico internacional de la Crocetta en Turín. Fue ordenado sacerdote el 16 de julio de 1930.

Sus estudios en teología lo llevaron a ser profesor, primero en El Campello y, al año siguiente, en el unificado teologado de Carabanchel Alto. Sobre don Modesto, sin embargo, caen otras encomiendas, ajenas a sus lecciones de historia de la Iglesia. Forma parte de la primera junta de la FAE, célula originaria de la actual FERE. Le envían a Bélgica a estudiar de cerca la organización de la JOC. De regreso a España, pasa por Turín y Milán para conocer la Acción Católica en su rama juvenil.

Se licenció en la Universidad de Salamanca y a continuación fue enviado a la casa de Mataró, primero como catequista y al año siguiente como director. Eran los años en los que se estaba gestando la cruenta Guerra Civil. Estallada la guerra, tuvo que usar toda su diplomacia con los milicianos, que intentaban arrasar el colegio y llevarse prisioneros a los salesianos.

Gracias a él, el colegio fue respetado y los salesianos pudieron, durante bastante tiempo, residir en él y hasta acoger a un grupo de aspirantes que estaban dispersados al cierre del seminario. Se conserva su carné de pertenencia al sindicato socialista de la UGT de enseñanza como maestro, lo que le permitía una gran amplitud de movimientos que aprovechó para ayudar a los salesianos en sus necesidades materiales y espirituales, hasta que logró pasar a Francia. Don Ricaldone le eligió como eficaz enlace, desde Marsella, entre los salesianos de las dos zonas.

El nuevo inspector, don Julián Massana, dispuso que don Modesto fuera de director a la nueva casa de Deusto que se acababa de abrir. El final de la guerra le encuentra como director de Pamplona, donde permanece un año. Pasó después a ser director de la casa de Sarrià.

Don Ricaldone, que conocía bien a don Modesto de su etapa de Marsella y de su trienio en Sarrià, lo nombró inspector de la inspectoría céltica. Tenía 39 años. Cuando él llegó a Madrid, la inspectoría estaba maltrecha: casas derruidas, comunidades diezmadas, seminarios vacíos. Él comenzó inmediatamente la reconstrucción. Organizó actos de propaganda, transformó Atocha, vitalizó Astudillo, llenó Mohernando, admitió la Virgen de la Paloma y San Fernando y dio un impulso decisivo a toda la inspectoría. Don Modesto aceptó la invitación a regir estos centros, empezando por la Institución Sindical Virgen de la Paloma de más de 2.000 alumnos y continuando por el instituto de formación profesional del ejército en Carabanchel. Dejó ultimados los trámites de aceptación del colegio de San Fernando de la diputación provincial de Madrid y el de la caja de ahorros de Vigo.

Gestionó préstamos, hipotecas, ayudas y medios de sostenimiento de toda clase. Supo ver el momento de floración de vocaciones y trató de acondicionar las casas de formación y atestarlas de candidatos. «Llenad los aspirantados, que son la base», decía a unos y a otros.

Desde entonces, don Modesto no dejó nunca de ser una persona clave en el desarrollo de la inspectoría céltica, que pronto se multiplicaría por tres: Madrid, León y Bilbao. Se le encontraba en todas las reuniones de la Familia Salesiana, en todos los actos institucionales. Siguió siendo mentor, asesor y alto consejero de los inspectores que le siguieron. Ejerció durante todo el resto de su vida una suave y discreta, pero eficaz influencia sobre la Congregación Salesiana de España.

En el Capítulo General de 1947 se acordó aumentar en número de consejeros del Consejo General y el Rector Mayor nombró a don Modesto como consejero encargado de las misiones. Este nombramiento supuso para él el cumplimiento de su sueño misionero. Se entregó de lleno a su cargo. Empezó por despertar en nuestras obras el fervor misionero. Preparó material de propaganda misionera y pidió que los Boletines Salesianos se comprometieran en esta tarea. Estimuló la eficacia de la Agencia Misionera Salesiana, iniciada en 1950, y dio origen a la Jornada Misionera Salesiana. Fueron numerosas las exposiciones misioneras que promovió y preparó cada año la expedición de misioneros. Potenció y animó la creación de procuras de misiones. Largos meses pasó en las inspectorías de Argentina y Chile. Visitó dos veces algunas de las inspectorías de Brasil y se le veía entusiasmado con sus recuerdos de las inspectorías del Extremo Oriente: China, Tailandia, Japón y, sobre todo, la India. Prodigó atenciones a los misioneros, que vieron en él siempre a un padre bueno, que los entendía y cuidaba. Cuando en el XIX Capítulo General (XIX CG) se modificó la estructura del Consejo Superior y él perdió su carácter de encargado de las misiones, y pasó a ser catequista general, fueron muchos los misioneros que manifestaron su disgusto por esta pérdida.

Al terminar su cometido en el Consejo General fue nombrado director de la Procura de Madrid, desde la cual siguió manteniendo contacto con los muchos misioneros que acudían a él en busca de ayuda y consejo.

Don Modesto fue siempre una persona ágil, de mente despejada y de costumbres parcas. Siempre sonriente y sereno. Destacaba sobre todo por su sencillez y su eficacia. No era deslumbrador ni tenía ideas novedosas y geniales, pero sabía perfectamente lo que quería y sabía llegar a conseguirlo. Era uno de esos hombres realistas y de talento, que ven únicamente lo que hay y saben acertar. «Modesto, siempre modesto», se le cantaba en las sobremesas. Y este era su sistema nunca desmentido. Su lema: «Servir siempre y a todos». A esto hay que añadir su profunda piedad y su amor a María Auxiliadora, a Don Bosco y a la Congregación. Fue un hombre providencial que llegó en el momento oportuno.

Tuvo una vida larga, una enfermedad breve y una muerte plácida. El funeral fue verdaderamente impresionante. Fue enterrado en el panteón salesiano de Carabanchel Alto. Allí descansa en silencio de eternidad, entre tantos salesianos conocidos, amigos y colaboradores suyos.