Manuel Caamaño Brañas
Sacerdote (1896-1976)
Nacimiento: Bustavalle de Maceda (Orense), 31 de marzo de 1896
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 28 de julio de 1914
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 3 de agosto de 1924
Defunción: Salamanca, 28 de mayo de 1976
Nos encontramos ante una de las figuras de salesiano más atípicas que se pueda uno imaginar. Conocidísimo por algunos, desconocido por muchos otros. Nunca se le oyó hablar de su tierra, de su familia —tenía un hermano salesiano— ni de su carrera universitaria y, sin embargo, era licenciado en Filosofía y Letras, sabía varias lenguas y, por afición, por lecturas y experiencia de muchos años de enfermero, poseía conocimientos de medicina que admiraban a los médicos y, a decir de alguno más cercano, con sus preguntas y cuestiones ponía a veces en aprieto. Un genio raro.
Nació en Bustavalle de Maceda (Orense). Por su hermano salesiano, Andrés, sabemos que su padre era caminero y se dedicaba a ejercer su oficio en diversos puntos de Galicia. A los 13 años, siguiendo los pasos de su hermano Andrés, marchó a El Campello para hacer el aspirantado. El noviciado lo hizo en Carabanchel Alto, donde profesó el 28 de julio de 1914. Después pasó por Mataró y Sarrià. Fue ordenado sacerdote el 3 de agosto de 1924.
A continuación hizo sus estudios universitarios en Madrid y fue destinado a Mohernando, todavía en construcción, con destino a los novicios y filósofos. Durante dos años escasos, alternó las clases de literatura y griego con los trabajos de albañil y ensayos de avicultor.
La clase, el confesionario y el botiquín fueron el triángulo de sus andanzas y las andanzas de toda su vida. Bien fácil es de resumir. Cuando llegaba el verano, como descanso, se dedicaba a algún trabajo material. Se recogía la sotana, se liaba una cuerda a la cintura y se ponía a hacer la masa para los albañiles, a aserrar o a trabajar la piedra como un cantero de Orense. Aquello le ejercitaba los músculos y le despejaba la cabeza. Don Manuel Caamaño fue un profesional de la enseñanza, un profesional de por vida. No tuvo otros cargos ni otras tareas. Sacerdote, profesor y enfermero autodidacta.
Pasó gran parte de su vida en el colegio de María Auxiliadora de Salamanca, donde era toda una institución. Sus clases y las anécdotas de su vida eran conocidas y comentadas por toda la ciudad. Daba la clase en voz altísima. Los transeúntes de la calle del P. Cámara y de María Auxiliadora, se volvían sorprendidos hacia la clase, que hacía esquina con las dos calles. Exagerando, se decía de él que se le había oído alguna vez en la Plaza Mayor. Explicar a su manera, repetir mucho y preguntar continuamente era su característica a todas horas y en todos los sitios, incluso en el patio. Siempre se le veía con un alumno al lado. No se sabía qué admirar más, si la constancia machacona de don Manuel o la asiduidad y la solicitud de los alumnos. Su lenguaje era originalísimo en clase, en la conversación, en el pulpito. Le salían espontáneas las expresiones y no se podían decir las cosas más gráfica y acertadamente.
Como sacerdote, aparte de sus despistes, congénitos en él, era rectísimo y celoso. Los alumnos, a pesar de que les daba muchas clases y los baqueteaba, se confesaban con él con toda naturalidad. Era un confesor espontáneo y sencillo en su comportamiento, pero su estilo era original, personalísimo y desconcertante a veces.
No dejó de tener sus compensaciones, aún en vida. Tenía la Cruz de Alfonso X el Sabio, Medalla de la ciudad de Salamanca, la de la provincia y una condecoración de la universidad, con una dedicatoria elogiosa del rector: «El claustro de la universidad agradece su colaboración en la formación y educación de tantos hombres que, pasando más tarde por las aulas de nuestra Alma Mater, fueron luego gloria de las Humanidades de nuestra patria en los diversos niveles». Con motivo de sus Bodas de Oro, los antiguos alumnos de Salamanca le ofrecieron un homenaje, le entregaron una placa y una insignia. Él, contestándoles en un modo solemne, desacostumbrado en él, les dijo: «Quisiera parar el reloj del tiempo para estar siempre con vosotros».
Ahora, un busto suyo preside la solemne escalera principal del colegio, como queriendo significar que sigue vivo viendo pasar ante él a las nuevas generaciones.
Los últimos años de su vida, retirado ya de la enseñanza y haciendo vida en la enfermería, él mismo recibía a los pacientes y los atendía con toda solicitud. Era enfermero por caridad y por vocación.
Decía de sí mismo que por profesión era «cura» y por afición, «curandero».
Cuando estaba más delicado, con el fin de tenerle mejor atendido, le trasladaron al Hospital de la Santísima Trinidad. El 28 de mayo de 1976, el colegio salesiano de María Auxiliadora estaba en fiestas. Don Manuel, en su habitación del hospital, no estaba solo, pero sí menos acompañado que de ordinario. Alguien, pasando por delante al azar, tuvo la curiosidad de entrar a verle. Lo encontró ya inconsciente y debatiéndose literalmente con la muerte. Trajeron a toda prisa un ritual y se le leyó la recomendación del alma. Al llegar exactamente a la jaculatoria «En la hora de mi muerte llámame, hazme ir a Ti, para que con sus santos…», don Manuel tuvo una fuerte contorsión, hizo un movimiento como de brusca sacudida y expiró.
Sus restos reposan en el cementerio de su querida Salamanca.