Santiago García Cruz
Sacerdote (1921-1962)
Nacimiento: Málaga, 29 de diciembre de 1921
Profesión religiosa: José del Valle, 16 de agosto de 1942
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 24 de junio de 1951
Defunción: Utrera, 9 de enero de 1962
Malagueño de nacimiento, queda huérfano muy pronto y se traslada muy niño al barrio sevillano de Triana, casi al mismo tiempo que se abría allí la presencia salesiana (1935). De inmediato comenzó a frecuentar el oratorio festivo, en el que de tal forma se entregó, que fue animador de otros más pequeños.
De Triana, en 1937 pasó al aspirantado de Montilla y cuatro años después hace en San José del Valle el noviciado, concluido con la profesión temporal el 16 de agosto de 1942. Se le manifestaron entonces los primeros síntomas de una enfermedad, reuma cardiaco, que lo conduciría a la muerte.
Durante un año gozó del clima benigno de Ronda, en el colegio Sagrado Corazón, donde inició los estudios de filosofía, que terminó en Montilla, de 1943 a 1947, simultaneándolos con clases a los aspirantes.
Recibido en Madrid el 24 de junio de 1951 el sacerdocio, Santiago ejercerá el fecundo apostolado sacerdotal en las casas de formación. En Montilla, en San José del Valle, como asistente y profesor de los novicios, en Utrera (1955-1957) como director de los postnovicios y un año del estudiantado filosófico de San José del Valle.
Pasa luego a la escuela agrícola de Campano, que alberga también a sus 80 aspirantes, como catequista y consejero, pero un serio ataque de corazón aconseja su traslado a la casa de Utrera para descansar. ¡Y allí descansará para siempre! Durante la cena, otro infarto fulminante se lo llevó al Paraíso, a los 40 años. Era la noche del 9 de enero 1962.
De físico enfermizo, pálido, pero bien plantado, de semblante sereno y sonrisa a flor de labios, albergaba un gran corazón y una bondad extraordinaria. Acogedor, humorista avispado, serio en el trabajo y siempre alegre, envuelto en una capa de entrañable amabilidad. Hombre ordenado, su despacho, pequeño y más bien inhóspito, lo tenía en orden y limpio como una patena.
Su delicadeza de conciencia rayaba en la escrupulosidad. En los recreos, al igual que en los paseos, se le veía siempre rodeado de muchachos, pendientes de las anécdotas e historietas humorísticas que contaba.