Caellas Cantó, Fernando

Fernando Caellas Cantó

Coadjutor (1891-1958)

Nacimiento: Olíus (Lérida), 22 de marzo de 1891
Profesión religiosa: Sarrià, 21 de septiembre de 1910
Defunción: El Royo (Soria), 28 de noviembre de 1958

Catalán de origen, sus padres fueron Santiago Caellas y María Canto. Su vida de formación se desarrolló en Sarrià, donde hizo el noviciado y donde profesó el 21 de septiembre de 1910. Después de pasar por varias casas, recala en Carabanchel Alto al acabar la Guerra Civil. En Carabanchel, donde se había establecido el estudiantado teológico, hace de enfermero del personal de la casa. Cumplía a la perfección su deber de acompañar a los enfermos al hospital y distribuir las medicinas que necesitaban, sin hacerse notar. Al abrirse la casa de El Royo, en la provincia de Soria, en 1954, Fernando forma parte de la comunidad fundadora de la casa y allí siguió atendiendo a salesianos y aspirantes.

Vivió siempre con suma humildad y pobreza. En sus mismas necesidades materiales había que salirle al encuentro, ofreciéndole lo que se veía le era de absoluta necesidad, pues en su afán de no molestar a nadie, prefería sufrir cualquier privación antes que pedirlo.

Al morir y tratar de hallar sus cosas y datos personales, no se encontró más que la ropa necesaria para su uso y los objetos de aseo más elementales. Ni libros, ni cuadernos, ni fotografías, ni ninguno de esos detalles que insensiblemente toda persona une a su ajuar personal. Por eso, si ya en vida llamaba la atención su absoluto desprendimiento y su vida sencilla, conocidos estos detalles después de su muerte, todos quedaron aún más edificados.

Entre sus Prácticas de Piedad, que juntamente con las Constituciones, son los dos únicos libros hallados en su poder, se encontraron unos papeles con los propósitos que en diversos años hizo en ejercicios espirituales. En ellos se lee frecuentemente: amor a Don Bosco; espíritu de sacrificio, subrayando esta palabra; pobreza según Don Bosco; obediencia salesiana. Del cumplimiento de estos propósitos da testimonio su vida religiosa, que nunca puso reparo a lo que se le mandaba y que la pasó, como se ha indicado antes, en un absoluto desprendimiento.

Y como había sido su vida, fue su muerte: sencilla y ejemplar. Por la mañana del día 28 de noviembre se sintió mal y no llegó a finalizar el día. El médico diagnosticó un colapso de tipo vascular del que no reaccionó durante toda la jornada a pesar de los remedios que se le proporcionaron. Cuando se le anunció su gravedad para que se preparara, sonriente, con cara de satisfacción, dijo: «Bendito sea Dios, total para lo que hago en este mundo…».

Recibió los santos sacramentos y ya a lo largo del día no cesó un momento de encomendarse al Señor y de invocar tiernamente a María Auxiliadora. Varias veces repitió que moría completamente tranquilo, que nada turbaba su conciencia. Unos 10 minutos antes de expirar, pidió el santo Rosario, pues quería morir, dijo, con él en las manos. Cuando se le estaba administrando la unción de enfermos, dejó de vivir, sin una queja, sin un lamento, sin una muestra siquiera de ansiedad o congoja, conservando hasta el último momento todas sus facultades y repitiendo una y otra vez: «¡Hágase, Señor, tu voluntad!». Pensamos que así quiso premiar el Señor una vida santa y ejemplar del religioso sencillo.

Dentro de la tristeza que produjo su muerte en una comunidad tan reducida como la que era, dejó a todos consolados el haber presenciado una muerte tan santa y ejemplar, y esto nos hizo esperar que el Señor tenía que premiar generosamente las virtudes practicadas de una manera tan callada, tan sencilla y a la vez tan eficazmente.