Cerezo Cabañes, Marcelino

Marcelino Cerezo Cabañes

Sacerdote (1921-2004)

Nacimiento: Tordómar (Burgos), 9 de enero de 1921
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1941
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 29 de junio de 1950
Defunción: Burgos, 3 de septiembre de 2004

Ingresó a los 13 años en el seminario menor de Burgos. Estando en su pueblo, ya con 17 años, un buen día, montó en bicicleta y se fue a Astudillo, a ver si allí podía continuar su camino al sacerdocio. Y allí lo recibió con el corazón y los brazos abiertos, don Esteban Ruiz, director del colegio salesiano.

Después de hacer el noviciado en Mohernando, continuó sus estudios de filosofía y teología, y fue ordenado sacerdote en Madrid-Carabanchel Alto.

Desempeñó su trabajo sacerdotal en las casas de Deusto-Bilbao, Madrid-Atocha, Sarracín (Burgos) y Zuazo de Cuartango (Álava).

A los 53 años marchó como misionero a Mozambique, donde permaneció en circunstancias muy difíciles durante 21 años. Don Valentín de Pablo, consejero regional para África y Madagascar, distingue tres épocas diferentes de la vida de don Marcelino en aquella nación:

– Los años de persecución religiosa (1975-1980) vividos en la misión de Moatize (Tete), en el centro del país, donde pasó momentos nada fáciles como fue el cierre y la nacionalización de la misión. Cuando sucedió el cierre de la misión, la reacción instintiva de don Marcelino fue ir a la iglesia y tomar consigo las hostias consagradas y enfrentarse a los que habían venido a prenderle, diciendo: «Pueden quitarme todo, pero esto no».

– Los años de Guerra Civil bajo un régimen marxista (1980-1992). Al salir de Tete, don Marcelino fue destinado a la comunidad de Namaacha, en el sur del país. Fue profesor muy estimado en la escuela secundaria del Gobierno, que le respetó en su condición de sacerdote.

– Los primeros años de paz y reconstrucción del país (1992-1996). Con la llegada de la paz, don Marcelino fue enviado a la misión de San José de Lhanguene en un suburbio de la capital del país, Maputo. Desde aquí, todos los fines de semana seguía yendo a Namaacha (80 kilómetros), donde las salesianas y otras religiosas reclamaron su presencia como capellán y confesor.

Don Marcelino era un trabajador incansable. Mientras pudo, fue un profesor cargado de clases e insistente con los alumnos en su afán de ayudarles. No tenía ningún tipo de reparos para cualquier trabajo manual: el trabajo en la huerta y la pintura le servían de relax.

En 1996, debilitada su salud y con un cierto cansancio, decidió regresar a España y se incorporó a la inspectoría de Bilbao, en la comunidad burgalesa del postnoviciado. Aquí pasó unos años tranquilos.

Don Marcelino había escogido a Cristo como Camino y murió en un accidente de camino, sin tiempo para un adiós. Era 3 de septiembre de 2004 y tenía 83 años.