Tomás Estévez Salgado
Sacerdote (1922-2019)
Nacimiento: San Ciprián de Viñas (Ourense), 25 de julio de 1922
Profesión religiosa: Mohernando (Guadalajara), 16 de agosto de 1941
Ordenación sacerdotal: Madrid-Carabanchel, 29 de junio de 1950
Defunción: León, 30 de julio de 2019
Tomás nació en San Ciprián de Viñas-Villanueva, pequeño pueblo de la provincia de Ourense en el seno de una numerosa familia. Sus padres fueron Miguel Estévez y María Salgado, que tuvieron 9 hijos. Los primeros contactos con los salesianos tuvieron lugar en el colegio de Allariz, no lejano de su pueblo natal. De allí paso en 1933 al aspirantado de Carabanchel. Al comenzar la guerra civil española, los aspirantes de Carabanchel fueron dispersados. Tomás retornó al aspirantado en 1940 y enseguida marchó al noviciado de Mohernando, donde profesó el 16 de agosto de 1941. Continuó sus estudios de filosofía en el mismo Mohernando y después fue enviado a hacer el tirocinio práctico al colegio de Madrid-La Paloma. La teología la cursó en Carabanchel y allí fue ordenado sacerdote el 29 de junio de 1950. Como sacerdote ejerció su ministerio primero como catequista en Mohernando 1950-1952. De 1952 a 1958 estuvo como administrador y director de la comunidad de aspirantes coadjutores de Madrid-San Fernando. En los años sucesivos fue director de la comunidad de Mohernando (1958-1961); confesor en Arévalo (1961-1966); secretario inspectorial en Madrid (1966-1969); confesor en Villagarcía de Arosa (Pontevedra) (1969-1970); confesor y delegado de cooperadores en el estudiantado de filosofía de Medina del Campo (Valladolid) (1970-1979); confesor en León-La Fontana (1979-1980) y confesor y delegado de cooperadores en Astudillo (1980-2005). En el año 2005 tuvo que ser internado en la residencia de enfermos de León, donde murió el día 30 de julio de 2019.
Don Tomás fue un salesiano ejemplar: piadoso, austero, exacto cumplidor de la Regla (se le comparaba con don Rúa, incluso por su figura alta y delgada); atento, minucioso y servicial, aunque siempre muy original en sus cosas. La larga enfermedad la soportó de un modo admirable: cuidaba la liturgia de los enfermos, organizaba momentos de juego con ellos, atendía a la formación espiritual del personal sanitario y ayudaba en todo lo que podía para crear un clima de serenidad y convivencia. Escribió la vida del cooperador salesiano don Anacleto Orejón, gran impulsor de la obra salesiana de Astudillo.