Hernández Parra, Isidoro

Isidoro Hernández Parra

Sacerdote (1922-1961)

Nacimiento: Mercadillo (Ávila), 4 de febrero de 1922
Profesión religiosa: San José del Valle, 16 de agosto de 1940
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 29 de junio de 1950
Defunción: Utrera, 25 de marzo de 1961

Nació en el pueblecito abulense de Mercadillo, de padres profundamente cristianos, que favorecieron su entrada, al igual que después la de su hermano menor, Telesforo, en el aspirantado de Montilla. En el curso 1939-1940 ingresa en San José del Valle para hacer el noviciado, que concluye con la profesión temporal el 16 de agosto 1940, y cursar filosofía, destacando como alumno excepcional. En la casa Sagrado Corazón de Ronda realiza el trienio práctico (1943-1946). Estudia teología en Carabanchel Alto y es ordenado sacerdote el 29 de junio de 1950.

Ya sacerdote, es enviado de consejero a la casa de La Orotava. Allí simultanea la enseñanza con el estudio de la carrera de Filosofía y Letras en la cercana Universidad de La Laguna, que completará en la Universidad de Sevilla.

Concluidos sus estudios universitarios, durante un quinquenio permaneció en Alcalá de Guadaíra, desarrollando una espléndida labor educativo-pastoral, como profesor de Letras, secretario de bachillerato, consejero y catequista.

Cultivaba la preparación para su ministerio salesiano y sacerdotal con continuas lecturas, y ofrecía el ministerio de la Palabra con una oratoria concisa y sólida. La confesión fue otro de los campos de su apostolado. Director de conciencia buscado por los alumnos, hizo mucho bien su consejo prudente y acertado. Un grupo de jóvenes y de hombres de la ciudad de Utrera, pertenecientes al floreciente movimiento Cursillos de Cristiandad, lo eligió como director espiritual y fundador de una revista local de espiritualidad, aparecida precisamente en los días precedentes a su muerte con un artículo suyo valiente y comprometido.

Al inicio del curso 1960-1961, destinado a la casa de Utrera, estuvo en ella tan solo seis meses. La tarde del 24 de marzo de 1961 había impartido a los alumnos de sexto curso su lección. Se retiró para acostarse tras despedirse cordialmente como siempre. Ninguno podía prever que fallecería esa misma noche de angina de pecho. A la mañana siguiente, se le encontró cadáver en su lecho, estrechando entre sus manos la medalla de María Auxiliadora que llevaba al cuello. Su muerte, acaecida con solo 39 años de edad, dejó en todos un gran vacío. Su sepelio fue una imponente manifestación de condolencia de toda la ciudad.