Julián Massana Rovira
Sacerdote (1883-1944)
Nacimiento: Subirats-L’Ordal del Penedès (Barcelona), 28 de enero de 1883
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 1 de marzo de 1901
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 13 de junio de 1908
Defunción: Barcelona, 10 de diciembre de 1944
Nació el 28 de enero de 1883 en Subirats-L’Ordal del Penedès (Barcelona), de una honrada y cristianísima familia, que dio otro hijo sacerdote al servicio de la Iglesia. Su padre, médico y terrateniente, tenía fama y prestigio por toda la comarca. En 1894 Julián ingresó como alumno interno en las escuelas salesianas de Sarrià, terminando brillantemente el bachillerato cinco años después.
Allí floreció su vocación salesiana y marchó al noviciado de Sant Vicenç dels Horts, que había sido casa solariega de sus antepasados, donde profesó el 1 de marzo de 1901. Hizo la licenciatura en Filosofía y Letras en Salamanca, teniendo como profesor a don Miguel de Unamuno. El espíritu, naturalmente ordenado de don Julián se acostumbró a la metodología filosófica de análisis y síntesis con la que actuaría toda su vida. En él se juntaron la inteligencia y la ciencia, adornándose con el «seny» de su tierra.
Realizó el tirocinio práctico en Mataró, mientras estudiaba teología. Fue ordenado sacerdote en Barcelona, el 13 de junio de 1908.
A partir de entonces se abrió el gran abanico de sus actividades, movidas por un corazón de oro, lleno de bondades: consejero escolástico y prefecto en Mataró (1908-1913), director de Rocafort (1913-1916), director de Mataró (1916-1921), director de Madrid-Atocha (1921-1925), ecónomo y secretario de la inspectoría de Barcelona (1925-1936).
Durante la Guerra Civil española pasó la frontera francesa y llegó a la zona nacional, donde actuó como inspector de la tarraconense (1936-1942) e incluso durante un tiempo también de la céltica. Por razones de salud fue relevado del cargo y poco después moría en Barcelona el 10 de diciembre de 1944, a los 61 años de edad.
Don Julián fue el gran protagonista de la reconstrucción de muchos de nuestros colegios, destrozados en la guerra. Tuvo que organizar los cuadros del personal salesiano, pues muchos habían muerto, otros estaban enfermos y bastantes jóvenes ya no volvieron.
Era venerado por todos como un hombre de Dios, siempre cercano a los hermanos y a sus problemas. Su trato era cordial, lleno de paternidad. Su preocupación se centró en las casas de formación. Aspirantes, novicios y filósofos le respetaban, le escuchaban y esperaban con gozo sus visitas. Y aumentaron las vocaciones y cobraron vida las obras paralizadas.
Entre otros asuntos se debe destacar la solicitud y perseverancia que puso en la búsqueda de los restos de los mártires salesianos.