Julián Ocaña Peña
Sacerdote (1914-1994)
Nacimiento: Tarancón (Cuenca), 17 de agosto de 1914
Profesión religiosa: Mohernando, 12 de octubre de 1931
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 30 de mayo de 1942
Defunción: Madrid, 26 de noviembre de 1994
Nació en Tarancón (Cuenca) el 17 de agosto de 1914. Cursó la primera enseñanza con un maestro sin titulación, cuya pedagogía consistía en trabajar machaconamente las materias instrumentales (lectura, escritura y cálculo), de lo que Julián dio buena cuenta cuando ya en el seminario salesiano obtuvo el primer premio de lectura en su clase.
Su contacto con los salesianos fue casual. Era monaguillo en el convento de franciscanos capuchinos, en donde había una imagen de María Auxiliadora, y un día se presentó don Alejandro Battaini, director del colegio salesiano de Carabanchel, junto con otros tres sacerdotes salesianos, para decir su misa diaria. Julián se prestó a ayudar en las cuatro misas seguidas. Esto llamó la atención de don Alejandro, que le animó para que se fuera a hacer bachillerato al colegio salesiano de Carabanchel. Y efectivamente, allí marchó el 28 de enero de 1926.
Hizo su aspirantado en Astudillo y en el Paseo de Extremadura y el 4 de octubre de 1930 pasó al noviciado de Mohernando. Allí le sorprendió la proclamación de la república y la subsiguiente quema de iglesias y conventos. Los superiores se plantearon dispensar a los novicios para evitarles peligros. Su padre, Francisco Ocaña, de acuerdo con los salesianos, se llevó a su hijo al pueblo. Tenía que decidir si quedarse o volver con los salesianos. Su madre, temerosa de lo que estaba pasando, le aconsejaba quedarse en casa, su padre, en cambio, prefería que fuera él mismo quien decidiera. Julián decidió volver al noviciado y profesó el 12 de octubre de 1931.
Realizó los estudios de magisterio y de filosofía y fue enviado a hacer el trienio práctico a La Coruña, Madrid y Salamanca. Al comienzo de sus estudios de teología en Carabanchel Alto, estalló la Guerra Civil. El seminario fue asaltado, todos sus ocupantes fueron detenidos. Julián fue puesto en libertad y se refugió en casa de unos tíos, hasta que un cuñado se lo llevó al pueblo. Allí se incorporó a la imprenta familiar, aprendió el oficio de tipógrafo, se afilió a la sección del sindicato de UGT, como todos los tipógrafos de Tarancón, y la secretaria del partido comunista le facilitó un carné del partido, que en aquellos momentos era el mejor aval para circular libremente y sin peligro. Movilizada su quinta, se incorporó al ejército republicano en el servicio de transmisiones de la 16 División. En sus ratos libres se dedicaba a dar clase a los soldados analfabetos, por lo que fue destinado a las «milicias culturales», como maestro auxiliar del ejército republicano. Sucesivos traslados de su división lo llevaron a la batalla del Ebro y la postrera huida hasta la frontera francesa. Fue hecho prisionero por una división falangista, que lo destinó al cuerpo castrense del hospital de sangre de Salamanca, donde tuvo muy poco trabajo, ya que la mayoría de los ocupantes eran moros. Por eso se dedicó a dar clase en el colegio salesiano de María Auxiliadora.
Terminada la guerra, finalizó sus estudios de teología y fue ordenado sacerdote en Madrid-Carabanchel Alto el día 30 de mayo de 1942. Comenzó su ministerio sacerdotal como administrador en Astudillo y al año siguiente fue nombrado director. Tres años más tarde fue destinado como director al colegio salesiano María Auxiliadora de Salamanca. Fue delegado de la Federación de Amigos de la Enseñanza (FAE) y miembro de la Sociedad Española de Pedagogía y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
En 1953 fue trasladado a Madrid como rector de la Institución Sindical «Virgen de la Paloma», que los sindicatos habían confiado a los salesianos. Permaneció seis años en el cargo, consiguiendo hacer del centro el más acreditado manantial de profesionales, donde la naciente industrialización española buscaba especialistas, aunque no hubieran terminado el ciclo formativo asignado a la profesión. Por su condición de director de «La Paloma» fue designado miembro del Comité Nacional de los Concursos de Formación Profesional y Artesana, iniciados en 1950. En 1958 es nombrado consejero nacional de educación y dentro del consejo, secretario de la sección cuarta, dedicada a la formación profesional y técnica, asuntos internacionales y enseñanza artística, cargo en el que permanecerá hasta 1975.
En el año 1959, al amparo de la Ley de Formación Profesional Industrial de 1955, la jerarquía eclesiástica creó el Secretariado Nacional de Formación Profesional de la Iglesia. Para la dirección del nuevo organismo fue elegido don Julián, tanto por el mayor peso de su Congregación en este tipo de formación, como por su indiscutible prestigio de rector de la «Institución Virgen de la Paloma».
En los Planes de Desarrollo, iniciados por el ministro López Rodó en la década de 1960, formó parte de las comisiones de Enseñanza Profesional y Técnica, Comisión Nacional de Promoción Educativa, Junta Central de Formación Profesional, Patronato de Igualdad de Oportunidades (PIO), Junta de Enseñanzas Náuticas y Patronato de Protección al Estudio. Trabajó en la preparación del «Libro Blanco» de la Ley General de Educación y más tarde en la puesta en marcha de su comisión evaluadora. Ayudado por un grupo de religiosas, empezó a promocionar la formación profesional no reglada para la mujer. Desde los cargos que ocupó y desde su actitud de pionero, no solo viajó y tomó parte en múltiples simposios, congresos y efemérides representando a organismos oficiales, sobre todo para impulsar la formación profesional en países en vías de desarrollo, sino que recibió importantes condecoraciones y distinciones honoríficas, entre ellas la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio. Fue investido Doctor Honoris Causa en Ciencias de la Educación por la Universidad Pontificia Salesiana de Roma. Su lección magistral versó sobre La Formación Técnico-profesional en España a los 100 años de la visita de Don Bosco.
En 1993 contrajo una grave enfermedad, de la que falleció el 26 de noviembre de 1994. Don Julián Ocaña era un hombre de fe, se hacía querer por la gente, poseía una mentalidad abierta y se identificaba plenamente como sacerdote y salesiano.
Fue enterrado en Tarancón, que le había dedicado una calle y otorgado el galardón de hijo predilecto.