José Manuel Pardillo Padilla
Sacerdote (1910-1992)
Nacimiento: Santa Cruz de Tenerife, 18 de junio de 1910
Profesión religiosa: Sarrià, 15 de julio de 1926
Ordenación sacerdotal: Pamplona, 27 de diciembre de 1936
Defunción: Valencia, 15 de julio de 1992
Nació el 18 de junio de 1910 en Santa Cruz de Tenerife. Al año siguiente de su nacimiento, era bautizado en la catedral de Barcelona. En la ciudad condal será donde posteriormente entrará en contacto, como alumno, en el popular colegio salesiano de Rocafort, de cuyo ambiente pronto se enamora.
En 1922 inicia en El Campello el aspirantado, pasa después ir a Barcelona-Sarrià para el noviciado, donde profesa el 15 de julio de 1926, y allí mismo cursa los estudios de filosofía, marchando después a Mataró para el trienio práctico que remata en Ciutadella. El 5 de noviembre de 1931 inicia en Carabanchel los cursos de teología, que interrumpe al finalizar el tercer curso y que aprovecha para sacar el título de Maestro Nacional.
En plena Guerra Civil, finalizada la teología en Mataró, fue ordenado sacerdote en Pamplona por monseñor Marcelino Olaechea el 27 de diciembre de 1936.
Ya sacerdote, tras una breve estancia en Italia, desarrolló su fecundo apostolado en las casas de Pamplona, Utrera, Las Palmas, Mataró y Valencia-San Antonio Abad, donde permaneció 44 años y donde murió el 15 de julio de 1992, a los 82 años de edad.
Como profesor de ciencias, llegó a conseguir un enorme prestigio entre los alumnos y antiguos alumnos que acudían a él, incluso después de su salida del colegio. Se puede afirmar que era un hombre vocacionado para la docencia y la educación. Preparaba las lecciones a conciencia. Con el deseo irrenunciable de capacitarse más cada día, leía y releía libros, recogía materiales y ampliaba sus apuntes de ciencias naturales, de física y química, incorporando las últimas novedades y perfeccionando sus apuntes para que sus alumnos pudieran comprender las lecciones con mayor facilidad.
Lo pasó mal cuando ya no le permitieron dar clase, pensando que iba a perder el contacto con los muchachos, pero su inquietud desapareció cuando pudo dar repasos y clases particulares a cuantos se lo pedían.
Si fue ejemplar como maestro y educador, igualmente lo fue en el cultivo de la amistad sacerdotal con los que habían sido alumnos suyos, amistad hecha detalle en momentos especiales de cumpleaños, onomásticos, defunciones y felicitaciones de Navidad.
Muchos eran los que en sus últimos años lo visitaban para confesarse con él o recibir alguna orientación en momentos de dificultad. Destacó también por el cariño y la constante preocupación por sus familiares, con los que estuvo unido en todo momento en las alegrías y las tristezas.
También don José Manuel tuvo su cruz, y no liviana: fue su enfermedad, sus males físicos y las preocupaciones que le generaban. Pasó sus últimos años en una silla de ruedas, lo que supuso para él una cruz especial, pues sufría al no poder participar plenamente en la vida de comunidad con sus hermanos salesianos.