Luis Rivera Ferreiro
Sacerdote (1905-1942)
Nacimiento: Puente-Canedo (Orense), 22 de marzo de 1905
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 22 de febrero de 1923
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 21 de mayo de 1932
Defunción: Mataró, 8 de enero de 1942
Nació en Puente-Canedo (Orense) el 22 de marzo de 1905.
A los 13 años comenzó el aspirantado en El Campello. En 1921 llegó al noviciado de Carabanchel Alto, donde emitió su primera profesión el 22 de febrero de 1923, tras seis meses de prórroga. Estudió filosofía en Sarrià y fue destinado a Mataró (1924). Aquí hizo sus prácticas pedagógicas, los estudios de teología y en él siguió durante los 10 años de su enfermedad.
Era un maestro extraordinario al que se le encomendaban las asignaturas más difíciles. Exigía en clase y derramaba amabilidad en el patio. Sus grandes dotes de inteligencia, unidas entonces a una vigorosa salud, hacían abrigar sobre él las mejores esperanzas. Pero los designios de Dios eran otros.
Había cantado feliz su primera misa (1932) cuando sufrió un ligero ataque de reumatismo al corazón. Eran los primeros síntomas de la enfermedad que empezaba a apoderarse de Luis. Nada pudieron hacer los mejores médicos de Barcelona que fueron consultados. Una hidropesía agravaba la insuficiencia del corazón.
Tuvo que dejar la enseñanza. Se instaló en la enfermería, donde sufría y rezaba, repasaba lecciones y escribía con buen estilo artículos para las revistas colegiales.
Cuando estalló la Guerra Civil, encontró generosa hospitalidad en casa del cooperador señor Nonell, pero en 1937 pudo salir de España y marchar a Italia, aprovechando una disposición oficial que permitía la expatriación de ancianos y enfermos. Llegó a Turín y los superiores le colocaron en la casa para enfermos de Piossasco. Un año y medio estuvo allí, un tiempo en el que soportó y se purificó con la oración en sus crisis de fe y de salud. «Ni para hacerse santo, ni para salvar almas es indispensable la salud», escribía en sus apuntes.
A mediados de 1938 volvió a España y se alojó en la casa de Pamplona. Varias veces se creyó que había llegado su última hora, especialmente a finales de marzo de 1939. Nada más terminar la contienda, volvió a su amado colegio de Mataró. No sabía estar ocioso, su pluma ágil y elegante estaba siempre dispuesta a cuanto se le pedía. Jamás descuidaba la celebración de la santa misa. Solo cuando fue obligado a guardar cama hubo de renunciar a ella y recibir a cambio con gran fervor la comunión.
Con su vientre hinchado y doliente edificaba a los hermanos y a los jóvenes que acudían a la enfermería y le veían. Recitaba el breviario y desgranaba rosarios. Pasaba largas horas ante el sagrario. Y esperaba «hasta que Él quisiera».
A mediodía del día 8 de enero de 1942, su alma volaba al Creador. Tenía 36 años de edad.