Miguel Salgado Corral
Sacerdote (1878-1965)
Nacimiento: Matilla de los Caños (Salamanca), 29 de junio de 1878
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 8 de diciembre de 1901
Ordenación sacerdotal: Sarriá, 13 de junio de 1908
Defunción: Vigo, 8 de enero de 1965
Nació en Matilla de los Caños, a pocos kilómetros de Salamanca, el día 29 de junio de 1878. A los 18 años comenzó sus estudios en el seminario conciliar de Salamanca. Era el año 1886, año de la venida de Don Bosco a Barcelona. En 1900, a los dos años de la llegada de los salesianos a Salamanca, después de madura reflexión y bien aconsejado, pasó a la casa de noviciado de Sant Vicenç dels Horts e hizo su primera profesión religiosa el día 8 de diciembre de 1901. Al año siguiente, hizo su profesión perpetua en la casa de Barcelona-Sarrià, casa en la que también realizó los estudios de filosofía y teología, compaginando los estudios con la enseñanza. El 13 de junio de 1908 recibió la ordenación sacerdotal.
Su currículum salesiano siguió estos pasos: tres años de consejero en Rocafort (Barcelona), otros tres en Sarrià, de nuevo un trienio en Rocafort y cuatro en La Coruña.
En 1921, fue destinado como director y párroco a la casa del Arenal de Vigo, cargos que desempeñó hasta el año 1926, en que fue nombrado director del colegio de Barakaldo. En 1928, fue llamado a dirigir la casa de Pamplona, al año de su fundación. Por fin, en 1934, volvió definitivamente a Vigo, como director del colegio de San Matías y como director y párroco del Sagrado Corazón. Al dejar esta presencia los salesianos, volvió a San Matías, donde permaneció como confesor hasta su muerte.
Durante muchos años tuvo que sufrir problemas renales, que llevó con gran paciencia. Otro tanto le aconteció pocos años antes de morir debido a una grave pulmonía causada por sus madrugadas para atender el confesonario. Lo escribió así:
Paciencia es virtud bendita,
que el hombre gasta en gran copia;
quien no ejercita la propia, la del prójimo ejercita.
Se distinguió por su profunda humanidad, hecha de una sana filosofía de la vida y de simpatía arrolladora. Muy intencionadamente buscaba y conseguía momentos de distensión en la comunidad con sus bromas, ocurrencias y dichos, que contribuían a la serenidad, a la paz y al gozo de vivir unidos. Era escrupulosamente puntual y escrupuloso de las obligaciones y actos de comunidad, hasta en los últimos días en que acudía arrastrando los pies. Supo vivir coherentemente la pobreza, sin exigencias personales ni apegos posibles, desprendido y solidario. En la inspectoría se reconoció su interés en la búsqueda de limosnas y becas para las casas de formación…
El confesionario fue su verdadera cátedra. Su don de consejo, practicado dentro y fuera del confesonario, le valió el popular agradecimiento durante la vida y también en su muerte. Lo demostraron las flores que durante meses aparecían en su confesonario y en su tumba del cementerio. Murió en Vigo, el 8 de enero de 1965, a los 86 años de edad.
Por la capilla ardiente desfilaron muchos miles de personas que, conmovidas, besaban las manos que tantas veces las habían bendecido y absuelto, lo lloraban y rezaban como se reza delante de un santo.