Mariano Subirón López
Sacerdote (1873-1946)
Nacimiento: Huesca, 15 de diciembre de 1873
Profesión religiosa: Sarrià, 10 de septiembre de 1894
Ordenación sacerdotal: Sevilla, 23 de diciembre de 1899
Defunción: Montellano (Sevilla), 16 de octubre de 1946
Nació el 15 de diciembre de 1873 en Huesca. Allí realiza sus estudios elementales al contacto de los jesuitas, de cuya iglesia era asiduo monaguillo. Sintiendo nacer la vocación sacerdotal, marcha al seminario oscense, donde llega a comenzar los estudios de teología. Pero la vida de Don Bosco le entusiasma y decide hacerse salesiano.
En 1889 entra en la casa de Sarrià. El 13 de septiembre de 1893 inicia el noviciado y, tres meses después, monseñor Cagliero, que pasa por Barcelona al frente de una de las expediciones misioneras a Argentina, le impone la sotana. No lo olvidará nunca.
Culmina el noviciado con los votos perpetuos el 10 de septiembre de 1894. Es destinado entonces a Utrera, casa en la que simultanea la asistencia con los estudios de teología, siendo ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1899 en Sevilla.
Se estrena como sacerdote en el colegio de San José de Rocafort (1899-1907) como jefe de estudios. Desempeñando el mismo cargo pasa a Valencia y de aquí, en 1909, al colegio de Santa Teresa de Ronda, donde estuvo un decenio dejando una huella de gran trabajador y apóstol.
Siempre como jefe de estudios y además como confesor, va pasando por Córdoba (1918-1923), Alcalá de Guadaíra (1923-1934) y Morón de la Frontera (1935-1941). En Morón le sorprendió la Guerra Civil, pero fue de los pocos salesianos de la casa que pudo salvarse. Al lanzarse en su huida por la tapia del colegio, se rompió una pierna y debió ser hospitalizado. Fue su salvación.
De 1940 a 1945 está en la casa de Écija y el último curso de su vida lo pasa en Montellano (1945-1946), como confesor. Todavía pudo dar clase la semana antes de morir. El 7 de octubre se sintió indispuesto en la celebración de la eucaristía y falleció el 16 de octubre de 1946, a los 72 años de edad.
Su entierro fue multitudinario. Apenas se enteraron de su fallecimiento, en Ronda realizaron las gestiones pertinentes y el 18 llevaron sus restos a la ciudad, que le tributó una imponente manifestación de duelo y le dedicó una de sus calles.
Confesor apreciado y amado, profesor y asistente de patio, supo aunar en su persona bondad en el trato con todos y un constante buen humor. Estimado y siempre rodeado de la muchachada por el pórtico y los patios, se atraía a grandes y pequeños con su sencillez y alegría. Buen profesor, en sus clases preparaba a sus alumnos para el trabajo y para la vida real.