Román Torrabella Simó
Sacerdote (1914-1975)
Nacimiento: Estach (Lérida), 22 de febrero de 1914
Profesión religiosa: Gerona, 30 de julio de 1933
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 25 de junio de 1944
Defunción: Barcelona, 28 de octubre de 1975
Nació el 22 de febrero de 1914 en Estach (Lérida), pueblecito pirenaico escondido entre valles verdes y montañas nevadas, lo cual le condicionó su modo de ser. En él se cumplía perfectamente aquello de que somos hijos de nuestra tierra.
En Gerona hizo el noviciado y su primera profesión el 30 de julio de 1933. Fueron particularmente duros los tres largos y sangrientos años de la Guerra Civil. Mataron al párroco de su pueblo, por su condición de sacerdote. Las primeras semanas de la guerra las pasó escondido en el bosque. Después se quedó en el pueblo, dedicado a las faenas del campo, pero al final logró pasar, a través de Francia, a la zona nacional. Terminada la guerra, hizo su profesión perpetua en 1940.
En Carabanchel Alto estudió teología y se ordenó sacerdote el 25 de junio de 1944. Su actividad apostólica se desarrolló en Alicante, Huesca, Barcelona-Rocafort, Mataró, Sabadell, Ripoll, Sant Vicenç dels Horts y la parroquia de San Juan Bosco de Barcelona-Meridiana.
Fue una persona sencilla, humilde, un tanto acomplejado y pesimista, duro y cortante a veces, como los montes de su pueblo. Era otro cuando se encontraba entre los muchachos o en el campo. Entre las gentes sencillas se sentía feliz. «A mí —decía— llevadme a una fuente rodeada de pinos. Me agrada la sombra de los árboles donde descansar y liberarme del calor y el sofoco de esta Barcelona de coches y ruidos».
Otro rasgo de su carácter era la entrega, humilde y callada: actividad, reducida pero eficaz, trabajando en horas de despacho, llevando meticulosamente los libros de la parroquia y la contabilidad.
El sufrimiento le acompañó en sus últimos años. Dolores morales, al constatar cómo ciertos valores cambiaban en la Iglesia y en la Congregación. Y dolores físicos que ocultaba a los demás.
En sus largas horas de soledad, la oración fue su mejor amiga: era visto cada mañana con su breviario entre las manos a la entrada del colegio, con su libro de meditación en el confesionario. Las flores que una mano delicada puso en su confesionario, tras su muerte, fueron el símbolo del amor que en él derramó.
A finales del mes de julio de 1975, una caída le dejó sin fuerzas. A pesar del régimen estricto que seguía por prescripción médica, fue perdiendo fuerzas y disminuyendo la tensión. Una embolia cerebral lo llevó a la casa del Padre el domingo día 28 de octubre de 1975, a la edad de 61 años.