Vallés Obiol, Francisco Javier

Francisco Javier Vallés Obiol

Sacerdote (1905-1985)

Nacimiento: Alcalà de Xivert (Castellón), 30 de noviembre de 1905
Profesión religiosa: Gerona, 30 de julio de 1931
Ordenación sacerdotal: Pamplona, 30 de noviembre de 1942
Defunción: Alcoy, 9 de junio de 1985

Nació en Alcalà de Xivert, provincia de Castellón, el 30 de noviembre de 1905. Era el cuarto de los hijos de una familia trabajadora que muy pronto se trasladó a Badalona en busca de mejor acomodo. Apenas cursadas las primeras letras, siendo todavía niño, se puso a trabajar en las fábricas de vidrio y de cristal y, más tarde, en una de galletas de Badalona. Frecuentó el oratorio festivo de la ciudad, donde quedó cautivado por la labor de los salesianos, de tal modo que quiso ser como ellos, pero no se atrevía a pedirlo a causa de su edad y porque, además, pensaba no tener las cualidades necesarias para ello. Pero un día alguien le propuso: «¿Por qué no te haces salesiano?». Fue para él una revelación.

Así, con sus 21 años a cuestas, con poco o ningún bagaje cultural, pero con una enorme voluntad, fue a estudiar latín a El Campello en 1926. Hizo el noviciado en Gerona, donde profesó el 30 de julio de 1931. Y allí mismo cursó los estudios filosóficos, para hacer después el trienio a Sarrià, de 1933 a 1936.

Al terminar la Guerra Civil, en 1939 estudió teología en dos años y medio entre Carabanchel Alto, El Campello y Sant Vicenç dels Horts. El 30 de noviembre de 1942 recibió la ordenación presbiteral en Pamplona.

Sus primicias sacerdotales las consagró a los aspirantes de Sant Vicenç. Luego estuvo en la casa de Alcoy-San Vicente Ferrer, primero como catequista y después como director; en la parroquia de San Juan Bosco de Barcelona como encargado del oratorio; en la casa de Andorra de Teruel, como director y, finalmente, confesor en Alcoy-Juan XXIII, hasta su muerte.

El padre Javier fue prototipo del «corazón oratoriano». Su propia vocación germinó, cuajó y dio fruto en un oratorio, el de Badalona. Toda su vida salesiana la proyectó desde este carisma particular. Era simpático, alegre, cercano, ocurrente, capaz de sacar una amena conversación hasta de lo más sencillo e infantil para plantificar a la postre un pensamiento de Dios. Se encontraba a gusto con la gente sencilla y trabajadora. Por eso sintió especial predilección por la casa de Andorra de Teruel donde estuvo 18 años, como encargado y director, querido entrañablemente por los hijos de los mineros, por los mineros mismos y por toda la gente de este pintoresco lugar que le nombró y le dedicó una calle.

En el patio siempre estaba rodeado de muchachos para quienes, con habilidad extraordinaria, componía flautas de caña, monigotes de papel, figuritas de alambre, sombras chinescas con las manos, al par que contaba chascarrillos.

Se sirvió del teatro para entretener y educar a niños y mayores y lo convirtió en atracción con sus dotes de ventrílocuo y sus populares muñecos Pepito, Bartolo, Canuto…

Hay que adentrarse en su vivencia religiosa y salesiana para descubrir el manantial de donde brotaban su entrega total, su optimismo salesiano, su disponibilidad a tiempo pleno, sus múltiples iniciativas, sus horas arrancadas al sueño, su olvido de sí mismo… Ese manantial fue su intimidad con Cristo y con la Virgen. Un detalle de su devoción a la Virgen fueron los innumerables rosarios salidos de sus labios y de sus manos. Tenía una gran habilidad para hacerlos con todo tipo de semillas. Y lo que sacaba era para las misiones.

Una angina de pecho acabó con la santa vida del padre Javier, el 9 de junio de 1985, a sus 79 años.