Baños Baños, José Antonio

José Antonio Baños Baños

Coadjutor (1950-2020)

Nacimiento: El Burgo Ranero (León), 6 de febrero de 1950
Profesión religiosa: Urnieta, 16 de agosto de 1969
Defunción: Logroño, 12 de abril de 2020

José Antonio nació en El Burgo Ranero (León), el día 6 de febrero de 1950, en el seno de una familia cristiana formada por Florentino y María Concepción, sus padres. El pueblo está dentro del camino de Santiago y en su familia se acogía y prestaba atención a los peregrinos que pasaban por allí. Así lo recordaba él mismo en las conversaciones que mantenía en las comunidades donde estuvo, como en los momentos de convivencia y amenas charlas con él.

Inició su contacto con los salesianos en el colegio salesiano de Urnieta, entonces aspirantado para salesianos coadjutores. Después de hacer el aspirantado, fue admitido al noviciado que hizo en el mismo Urnieta, en la comunidad de Pake Leku, lugar destinado para ello. Al finalizar el mismo, fue admitido a la primera profesión religiosa salesiana que hizo el día 16 de agosto de 1969.

Después del noviciado, continuó en la comunidad de la Escuela profesional de Urnieta para continuar la formación profesional iniciada durante el aspirantado, con los estudios de perfeccionamiento.

El año 1971 inició el tirocinio práctico salesiano en el mismo colegio de Urnieta para continuar al año siguiente, en la sección Formación Profesional del colegio de Santander, como maestro asistente. Aquí permaneció hasta el año 1977 en que fue destinado al colegio Santo Domingo Savio, en Logroño. Al año siguiente, 1978, fue a Barakaldo como profesor, donde estuvo hasta el año 1983 en que la obediencia le envió a Pamplona. Aquí, en Pamplona, estuvo, como profesor de mecánica, durante cuatro años.

El año 1987 fue destinado al colegio Salesianos-Padre Aramburu de Burgos. Después de tres años en Burgos fue enviado durante un año a San Sebastián para actualizar estudios y regresar de nuevo a Burgos al año siguiente y continuar como profesor de mecánica hasta el año 1994 en el que vuelve a Santander, donde lleva a cabo su misión salesiana hasta el año 2011 en el que fue enviado al colegio Los Boscos de Logroño, hasta su fallecimiento.

En esta etapa última de su vida siguió trabajando hasta que se le declaró un cáncer que empezó en el páncreas y se fue extendiendo progresivamente. Él era muy consciente de su situación en todo momento, y la fue llevando con elegancia y esperanza cristiana. Soportó con paciencia y resignación el fortísimo tratamiento de quimioterapia. Cuando el vicario inspectorial habló con él un par de semanas antes le decía: “Aquí estoy esperando al Señor, para cuando quiera venir”. Y escogió el mejor momento: ¡la Pascua del Señor, la fiesta eterna de la Vida! Él, que siempre amó y alentó la fiesta salesiana, que supo disfrutar con jóvenes, hermanos de comunidad y amigos, quiso apuntarse en primera fila a la fiesta de la Resurrección del Señor, celebrándola en el cielo unos minutos antes de que comenzara el domingo de Pascua.

Joseán era como un todo terreno: lo mismo lo encontrabas en lo más duro del trabajo, del taller, de las obras de mejora en la casa, como disfrutando y descansando los fines de semana por ahí. No llevaba en cuenta las horas metidas en el taller para preparar los trabajos o realizar útiles con los que obsequiar a las familias, a los alumnos, a las autoridades cuando visitaban el colegio. Encaja en el coadjutor salesiano que entrega sus horas para preparar con dignidad su labor educativa. Siguió entreteniéndose en el taller cuando aceptó la jubilación. ¡Y cuánto lo sintió, sin quejarse!

Esta “universalidad” de José Antonio era de admirar cuando por las mañanas, la comunidad se juntaba para rezar; él era el primero que estaba en la capilla y nadie era capaz de quitarle la primera lectura de la Eucaristía, ni la purificación del cáliz. Eran signos de su vida interior. Los hermanos vivían con respeto los momentos en que él buscaba y se aconsejaba por el sacramento en la dirección espiritual. No lo ocultaba y era discreto.

Todo terreno en el vestir sus camisas y sus corbatas, que llamaba de buena manera la atención. Y es que por encima de todo ropaje llevaba la cruz. Con frecuencia vestía una camisa de colores africanos, porque, aunque quiso, no pudo realizar su sueño de ir a misiones, pero era misionero de corazón.

A José Antonio se le vía tanto animando el bar como la misa, pero sin confundirlos. Animaba las funciones de teatro, las excursiones de montaña, las sobremesas con sus cantos y participación en las comparsas. Los salesianos, sobre todo los más cercanos y mejor le conocían, le percibieron humilde y obediente, aceptando las directrices sin oposición.

El Señor se digne, en estos tiempos tan complicados, enviar muchos salesianos trabajadores y alegres como él y, sobre todo, salesianos coadjutores que continúen la misión que Don Bosco quiso para estos hermanos.