José María Zubizarreta Aramendi
Sacerdote (1930-2012)
Nacimiento: Azkoitia (Guipúzcoa), 16 de septiembre de 1930
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Hort, 17 de septiembre de 1946
Ordenación sacerdotal: Shillong (India), 5 de diciembre de 1954
Defunción: Martí-Codolar, 6 de febrero de 2012
Nació en Azkoitia (Guipúzcoa) el 16 de septiembre de 1930. Era hijo de José y Teresa, padres de ocho hijos, seis de los cuales consagraron su vida al Señor: Ignacio, José María, salesianos, y Luis, que profesó como salesiano in articulo mortis antes de acabar el noviciado; Arantxa, de las hermanas Misioneras Franciscanas, y dos hermanas, en las religiosas del Sagrado Corazón, Guadalupe y Karmele. Una familia cristiana en la que florecía la fe, el trabajo y la honradez, semillero de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa.
Hizo el aspirantado en Huesca (1941-1942) y en Sant Vicenç dels Horts (1942-1925), donde hizo también el noviciado. «Le pido —decía en su carta de petición para la profesión— que me deje usted hacerle, al buen Jesús, entrega completa de mi persona». Profesó al día siguiente de cumplir 16 años, el 17 de septiembre de 1946. Cursó los estudios filosóficos en Gerona (1946-1948) y también el primer año de magisterio (1948-1949).
Por aquellos años, había dejado un reguero de entusiasmo y fervor misionero el salesiano don José Luis Carreño, que, venido de la India, contagiaba a pequeños y grandes y los entusiasmaba con su sonrisa y sus palabras seductoras. Marcharon con él muchos jóvenes salesianos de la inspectoría de Barcelona, entre ellos nuestro José María, que, a sus 18 años, se fue a trabajar con los niños de Panjim (Goa-India). Hizo los estudios de teología en Yercaud y Mawllai (India) y recibió la ordenación sacerdotal en Shillong el 5 de diciembre de 1954.
Al año siguiente lo encontramos ya, como misionero en vanguardia, en Barpeta Road (Assam). Allí permaneció (1956-1967) como vicario de la parroquia y encargado de la tribu bodo. Fueron 11 años desplegando entusiasmo y cariño hacia aquellas gentes con las que vivía y por las que se entregaba sin medida.
El «Father Zubi» se lanzó desde allí en dirección a Buthan, fundando centros de misión, escuelas, dispensarios y obras sociales en Bongaigaon, hoy sede de una diócesis, hasta llegar a Bengtol, su última misión. Años más tarde, al tener noticia de la muerte del «Father Zubi», una multitudinaria procesión, presidida por el obispo de Bongaigaon y las autoridades civiles de la zona, recorrió todas las presencias misioneras impulsadas por nuestro hermano. Todo se lo debían a él. Y cuando hablaban de él, todos lo hacían con emoción y agradecimiento.
Son innumerables las aventuras que le acontecieron en sus años de misión. A sus 79 años, con los ojos llenos de fuerza expresiva, recordaba cómo había tenido que matar elefantes, unos 13 o 14, decía él. Aquellas gentes acudían a él para que ahuyentara a aquellos enormes animales que entraban en las aldeas destruyendo las casas y todo lo que encontraban a su paso.
Al llegar los días de agitación separatista en Bodoland, la policía recuperó el arma con la que cazaba y fue acusado de ayudar a los partidarios de los separatistas. Después de varios intentos inútiles, tanto de las autoridades de la Iglesia como de los dirigentes locales, el Gobierno le obligó a abandonar la zona en 1991. Su salud, sobre todo su corazón, quedó dañada. Marchó a Barcelona, donde permaneció casi cuatro años para su tratamiento médico.
En 1994, don Juan Vecchi, vicario del rector mayor, don Viganò, comunicaba la incorporación definitiva del padre Zubizarreta a la inspectoría de Barcelona. Quince años más tarde fue invitado a visitar Bodoland, pero él respondió: «Me siento acobardado, no voy a ser capaz de contener la emoción al encontrarme con mis entrañables bodos».
Pasó el tiempo y los efectos de su enfermedad le obligaron a incorporarse a la residencia de Martí-Codolar, donde falleció el 6 de febrero de 2012, a los 81 años de edad.
Cantos de esperanza y de peregrinación dieron el último adiós al gran misionero, peregrino por los caminos del ancho mundo, pastoreando a tantas almas por las colinas de su amada Bodoland. Sonó también el Gure aita (Padre nuestro) aprendido de boca de sus cristianísimos padres, y cerró el funeral el Eskerrik asko, Jauna…(Muchas gracias, Señor…). Se condensaba en esos momentos el sentimiento de gratitud anidado en tantos corazones por quienes José María entregó su vida.