Rodríguez Diéguez, Manuel

Manuel Rodríguez Diéguez

Sacerdote (1904-2009)

Nacimiento: Bustavalle (Orense), 6 de junio de 1904
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1924
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 11 de julio de 1932
Defunción: León, 23 de febrero de 2009

Nació en Bustavalle, perteneciente al Ayuntamiento de Maceda (Orense) el día 6 de junio del año 1904. Era el quinto de sus siete hermanos en una familia de acomodados terratenientes. Los padres fueron Perfecto Rodríguez y Jesusa Diéguez. Su padre era un hombre culto que se empeñó en que todos sus hijos varones estudiasen una carrera.

A Manuel, su padre decidió enviarlo a estudiar al colegio salesiano de Orense. Allí nació su vocación sacerdotal. Ingresó como interno en la casa de formación de Talavera de la Reina, de donde pasó a El Campello.

El noviciado lo hizo en Carabanchel Alto, donde emitió su profesión religiosa en 1924. Entre Carabanchel, La Coruña y Salamanca transcurren sus años de estudios de filosofía y teología: unos oficiales y otros por libre, como iba imponiendo la realidad de aquellos años. El 11 de julio de 1932 recibió la ordenación sacerdotal.

Ya sacerdote, don Manuel desarrolló una intensa actividad. Se licenció en Geografía e Historia en la Universidad de Salamanca, y el colegio de esa ciudad fue el lugar de sus primeros años de docencia. Desempeñó después cargos de alta responsabilidad: durante dos sexenios (1941 a 1947 y de 1953 a 1959) fue director del colegio salesiano de La Coruña. Durante su segundo sexenio comenzaron las obras de ampliación de la iglesia del colegio que se transformó en uno de los templos más espaciosos y señeros de la ciudad. Fue también director de Santander (1947 a 1953) y de Orense (de 1959 a 1963). Al dejar de ser director de Orense, le fue asignado el puesto de encargado inspectorial de obras.

Don Manuel fue siempre un sacerdote atrevido, calculador, original, inquieto e independiente. Por eso no llama excesivamente la atención que a sus 62 años tomara la decisión de dejar España y lanzarse a la aventura de ir a trabajar con los emigrantes en Alemania. No sabía alemán y no era la suya una edad muy propicia para comenzar a aprenderlo. Fue destinado a la ciudad de Goslar, donde había un buen número de españoles. Alquiló una sencilla habitación en una casa particular y allí vivió durante más de 30 años en unas condiciones increíblemente penosas. Vivía solo y trabajaba solo. Sus relaciones con los emigrantes españoles eran óptimas.

Sus feligreses eran potencialmente más de 3.000. Los fines de semana iba a los pueblos donde había mayor número de emigrantes y les decía la misa dominical. Hasta cuatro cada fin de semana.

Su trabajo con los emigrantes le fue recocido por las autoridades de Goslar, que le concedieron el Broche de Oro de la Ciudad, el primer extranjero que recibía este galardón. También el Rey de España le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica.

Sus relaciones con la Congregación pasaron por una fase de cierto alejamiento, pero estas relaciones fueron poco a poco normalizándose. Cuando en 1998 él y los superiores creyeron que era llegado el momento de dejar el trabajo, don Manuel no tuvo ningún inconveniente en integrarse plenamente en la comunidad salesiana de León, que cariñosamente lo tenía como el querido abuelo no solo de la casa, sino de toda la inspectoría.

Poseía una salud de hierro. Cuando se le preguntaba por ella, solía responder con un dicho de su padre: «Jóvenes mueren muchos, pero viejos no queda ni uno». Y de viejo murió, lo cual no es ninguna enfermedad, sino una gracia de Dios. Murió por desgaste general a los 104 años. Su agonía fue suave y, al parecer, sin sufrimiento.

Don Manuel fue siempre un salesiano con buen don de gentes y con gran celo apostólico, vital y emprendedor. Trabajador incansable. Llamó mucho la atención el hecho de que, aun después de la edad normal de jubilación, los 75 años, siguiera en la brecha realizando su labor pastoral.